Al contemplarlo por primera vez, resguardado por los volcanes Atitlán, San Pedro y Tolimán, cuesta poner en duda lo que escribió Aldous Huxley en su libro de viajes Beyond the Mexican Bay (1934): el Lago Atitlán es de los más bellos del mundo.
Crisol multicultural de Guatemala, su nombre significa “lugar entre agua” de acuerdo con etimología náhuatl. Tiene una profundidad de 340 metros y una superficie de 130 kilómetros cuadrados, sobre la que se reflejan los tres gigantes volcánicos. A sus orillas hay 12 pueblos de lo más disímiles uno del otro, en los que habitan mayas kakchiquel, quiché y tzutujil.
Al ser uno de los puntos turísticos de referencia del país centroamericano, tiene una infraestructura que permite llevar a cabo de todo: desde bodas, pasando por excursiones a cafetales cercanos, observación de aves, parapente, rapel o buceo, pesca y fotografía, hasta una completa inmersión a la cosmovisión maya.
Llegar a Atitlán supone un viaje de dos horas y media desde Antigua Guatemala o Ciudad de Guatemala, que culmina en caminos serpenteantes rodeados de vegetación y ruinas volcánicas.
El traslado, en lancha, por supuesto, debe realizarse temprano. Pasadas las 5 de la tarde llega el Xocomil, un fuerte oleaje con un trasfondo de leyenda. Los mayas cuentan que al fondo del Atitlán, cada día, dos trágicos enamorados indígenas se reúnen que murieron sin consumar su amor.
Las maravillas de Atitlán no sólo se encuentran sobre el nivel de sus aguas sino debajo también. A 30 metros de profundidad hay ruinas arqueológicas. En 1996, el buzo Roberto Samayoa descubrió la ciudad colapsada de Samabaj, que algunos medios califican como la “Atlántida Maya”. Fue, según algunas teorías, un lugar ceremonial.
Alrededor del lago
Pequeños o grandes, pero todos con encanto. Los pueblos que rodean Atitlán son un catálogo de monerías.
Panajachel
El nombre de cariño de este pueblo, que cobró fama para los viajeros hippies en los 60, es “Pana”. Pero hay quien el llama “Gringotenango”.
No por nada Panajachel, de 12 mil habitantes, es el punto de acceso a todos los misterios de Atitlán.
Buena parte de la vida aquí ocurre en la calle Santander. De casi un kilómetro de largo, aquí se puede encontrar desde esculturas en madera trabajada, joyería en jade, hasta restaurantes internacionales y centros nocturnos con música en vivo.
Los anuncios de Wifi disponible aparecen aquí y allá. Es fácil escuchar hablar inglés, alemán o hebreo.
Lo mismo, ver llegar o partir constantemente “parrilleras”, los coloridos autobuses de transporte público guatemaltecos.
Un remanzo de este pueblo vivo y turístico es la Iglesia de Panajachel, donde los colonizadores españoles propagaron la fe cristiana. Otro, el centro cultural La Galería.
Es en el muelle de Panajachel donde debemos elegir la lancha que nos llevará por las aguas del Lago.
Lo usual es dormir en “Pana” tras un día de visita por las poblaciones aledañas. Al atardecer, los naranjas mezclados con las nubes construyen un paisaje admirable.
San Juan la Laguna
“Aquí, si el Presidente de Guatemala quisiera implantar una política y los ancianos mayas no están de acuerdo, no procede”, nos explica Norman Raxón, nuestro guía en la comunidad de San Juan La Laguna.
Al descender de la lancha nos golpea una sensación de silencio. No se escucha música, tan sólo voces, viento, pájaros y zapatos golpeando el pavimento. Todo es tranquilidad y orden. Un sitio que se rige aparte.
Los locales t’zutujiles, que suman poco más de 5 mil, se jactan de que el suyo es el pueblo más limpio alrededor del Lago.
El respeto a las tradiciones aquí es cosa seria: nos cuentan que hace días, los ancianos mayas decidieron expulsar a un grupo de judíos ortodoxos por diferencias culturales.
A la avenida principal le hacen valla locales de cooperativas artísticas indígenas: algunos sólo de mujeres, otros sólo de viejos. Vale la pena tomarse su tiempo.
Los compradores pueden salir de aquí con lienzos mayas, café de altura, tés medicinales y textiles mayas.
Una chica nos enseña cómo se hila el algodón y después se tiñe para tejer coloridas bufandas o huipiles tradicionales. Una variante del color morado, nos dice, se saca echando cochinillas muertas en agua caliente. El tronco del banano fija el color. Y echa un poco a una olla.
Santiago Atitlán
Llegamos a Santiago Atitlán con la idea de lograr ver a Maximón, santo vicioso en cuyos altares abundan cigarros y alcohol. No es fácil pues la comunidad guarda con celo la ubicación del santo.
En la Parroquia de Santiago Apóstol, donde los santos llevan trajes típicos mayas, nuestro guía hace algunas preguntas y damos con el lugar.
Es una casa pequeña, en cuya sala está la efigie de Maximón con un puro en la boca. Veladoras y cofrades por todas partes.
Un sacerdote maya realiza una ceremonia de sanación a un joven. El humo del copal inunda la casa. El muchacho, nos dice el líder de la cofradía, pide por trabajo y salud. Por fortuna, nos permiten hacer fotografías. En Santiago, a los locales no les gusta el click de las cámaras de los extranjeros.
Lleno de elementos que comprueban el sincretismo en Guatemala, Santiago Atitlán es uno de los enclaves más visitados del Lago. Su población asciende a cerca de 50 mil personas, la mayoría indígena.
Mujeres con huipiles decorados y hombres con pantalones cortos conforman las postales del lugar. María Pacach, anciana tz’utujil, es uno de los atractivos turísticos, junto con Maximón.
Su casa está a 300 metros del muelle, sobre la calle de las artesanías. Aparenta más de 70 años pero decide no contestar cuando le preguntamos.
A los 15 años posó para que su efigie adornara la moneda de 25 centavos de quetzal.
Si se le pide, modela con orgullo su traje típico y la manera en que se coloca el tocoyal, adorno en la cabeza de 20 metros, uno por cada nahual del calendario maya.
San Pedro la Laguna
Si no se tiene cuidado al caminar por las estrechas calles de San Pedro La Laguna, uno podría verse arrollado por los incontables moto-taxis o tuc tucs que circulan a toda velocidad.
Los vehículos llevan a turistas de todas las nacionalidades que vienen de vacaciones o por temporadas.
Con una población de alrededor de 12 mil personas, San Pedro es el consentido por los extranjeros jóvenes con ganas de fiesta.
“Antes a este lugar le llegaron a llamar San Pedro La Locura, pero las autoridades quieren borrar eso”, dice nuestro guía soltando una risa.
Por aquí hay olor a marihuana lo mismo que bares o restaurantes de mariscos, italianos y japoneses, con bocinas escupiendo música en inglés. Por allá, un grupo de israelíes rojos por el sol y con gafas oscuras comprando alcohol.
También negocios de rentas de bicicletas o paseos a caballo, microperadores de turismo de aventura, escuelas de español y cafeterías orgánicas.
“Muchos comercios son de extranjeros que vinieron de vacaciones y se quedaron a vivir aquí”, informa el experto.
De vez en cuanto, asaltan a la vista frases religiosas: “San Pedro para Dios”, dice una. Más adelante vemos a una mujer, arrodillada y con las manos en alto, cantando a Dios y derramando algunas lágrimas. Este pueblo lleno de vida se debate entre la diversión juvenil y la devoción cristiana.