El rojo de los adoquines y el azul profundo del mar. El amarillo de los almacenes y el anaranjado de los techos. Y el café de la madera de un puente flotante: todo, en Willemstad, es color.
Andar por la capital de Curazao es como pisar una paleta de pintor: resulta complicado elegir hacia dónde mirar y disparar la cámara.
Además de colorida, esta isla de sólo 444 kilómetros cuadrados está repleta peculiaridades y de pocos habitantes: 142 mil caribeños que poseen la nacionalidad holandesa.
Su prinicipal actividad es el turismo; los viajeros pueden arribar por el Aeropuerto Internacional Hato, ubicado a 15 minutos de Willemstad, o hacerlo por mar, con algún crucero.
Los barcos suelen atracar en la Bahía de Santa Ana, un canal y entrada del Mar Caribe que divide en dos barrios a la ciudad: Punda, con sus cuadriculadas calles, y Otrobanda, que destaca por sus caminos llenos de curvas.
Ambas zonas se unen gracias al Puente de la Reina Emma, que es móvil y tiene una longitud de 167 metros; 9.8 metros de ancho.
A las orillas de esta estructura se encuentra uno de los mayores atractivos de la capital: sus coloridos edificios de arquitectura holandesa de los siglos 17 y 18; originalmente fueron casas o almacenes, hoy alojan restaurantes y locales comerciales.
Según cuentan los lugareños, Albert Kikkert, un gobernante famoso por sus excentricidades, atribuía sus eternos dolores de cabeza al intenso resplandor de las casas blancas, por lo que decretó, en 1817, una ley para que se les pintara en diferentes tonos pasteles.
Años después, Kikkert murió y se supo que era dueño de una fábrica de pintura. Pero el curioso mandato sigue vigente. Hoy, el colorido puerto de Willemstad ya es reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
Cuando la caminata da hambre, el turista se topa con restaurantes de comida internacional, como con otros que ofrecen guisado de iguana, que se prepara en caldo con papas.
Aunque lo que más consumen los locales es pescado, cerdo y cordero preparados como estofado. Todo se acompaña con elotes hervidos o, si se prefiere, arroz frito.
Para sanar el alma
En esta tierra todo se alivia, desde los dolores del cuerpo hasta los del corazón. Cuenta la leyenda que hace varios siglos, marinos y esclavos africanos y portugueses llegaban muy enfermos a Curazao, casi al borde de la muerte, pero al pasar un par de días se recuperaban totalmente.
Al parecer, se alimentaban de una especie de cereza, conocida como semeruco, que posee grandes cantidades de vitamina C. La isla cobró fama, de ahí que Curazao se asocie con la palabra curación en portugués.
Aquí los lugareños muestran su fortaleza a cada paso, suelen ser altos y fuertes; no por nada cuando el explorador español Alonso de Ojed descubrió la isla, en 1499, la bautizó como “Isla de los Gigantes”.
Pero esta isla tiene más secretos. Hay que ir un poco hacia las orillas de Willemstad, donde están las casas de campo. Se trata de construcciones enormes, pero sencillas, que destacan en medio de decenas de hectáreas de sembradíos.
Una de las más famosas es la de Chobolobo, que en 1896 comenzó a producir el famoso licor de Curazao. El origen de esta bebida se remonta al siglo 16, cuando los españoles trataron de plantar la naranja Valencia, pero el clima y las condiciones del suelo amargaron la fruta.
Siglos después se descubrió que la cáscara de esta naranja contenía un aceite con una fragancia increíblemente agradable con la que se podía hacer un delicioso licor. El color azul que lo caracteriza, se le agregó para hacerlo atractivo; aunque también se le puede encontrar en rojo, verde, café o amarillo.
Cualquier duda, los curazoleños la responden con una sonrisa. Resulta sencillo percatarse de que desean que los extranjeros se enamoren de su tierra, que se olviden de cualquier mal y vayan a paso lento, como ellos.
Hay que hacerles caso, hay que dejarse curar.