Mucha gente confunde agresivo con violento. Esta es una de las razones por las que muchos padres se preocupan enormemente cuando su hijo pega, muerde o empieza a mostrar comportamientos agresivos a una edad temprana. Sin embargo, violencia y agresividad no son lo mismo.

La agresividad es un instinto innato en el ser humano y en los animales, mientras que la violencia es un producto humano fruto de la socialización y la cultura.

Este instinto nos sirve para estar alerta, defendernos y adaptarnos al entorno. Por lo tanto, la agresividad es biológica, instintiva y está regulada por reacciones neuroquímicas. Tiene una relación directa con el síndrome general de adaptación o estrés. Gracias a la cultura, modulamos ese instinto agresivo y lo podemos convertir en un instinto social de buena convivencia.

En cambio, la violencia no es un comportamiento natural del ser humano, sino que se trata de un producto cognitivo y sociocultural alimentado por lo roles sociales, los valores, las ideologías, los símbolos, etc. La violencia es, por tanto, una conducta aprendida y con una gran carga de premeditación e intencionalidad (la agresividad, en cambio, es inconsciente).

La violencia es la transformación de la agresividad para hacer daño a otro ser humano. Esta forma de actuar violenta no existe en ninguna otra especie animal, sólo en el ser humano. La violencia genera disfunción social, es relacional y utilitaria y la podemos encontrar en diferentes ámbitos.

Y precisamente, porque se trata de una “producción humana”, es posible poder vivir en un mundo sin violencia y, además, estamos en el buen camino: Cada vez somos más capaces de condenar actos de violencia que antes eran tolerados o no reprochados, como ejemplo tenemos, la violencia de género.

Las personas disponemos de muchas herramientas para fomentar un mundo no-violento. Son herramientas que podemos transmitir y aprender, practicar y desarrollar, en definitiva, podemos educar en la no-violencia. Podemos educar en el grado como expresamos nuestras emociones, en como modularlas para no causar daño a otros. Esta es la clave, la educación, desde los hogares, las escuelas, los medios de comunicación. Educar en el respeto a los demás, la solidaridad, la cooperación (y no la competencia), la igualdad, el amor por la naturaleza, la conservación del planeta. Esa educación tiene que estar basada en la empatía ya que la empatía es capaz de desactivar la violencia de forma prácticamente automática.

Las semillas de la violencia que el aire lleva (y que germinan en donde caen, por ejemplo, en las escuelas o hasta dentro de las familias) proceden de plantas distintas: la situación económica, el desgarramiento del tejido social, la claudicación de los adultos (madres angustiadas y padres que no se responsabilizan, o ausentes), las tensiones de una sociedad competitiva (acumuladora de bienes exclusivamente materiales), las y los niños incapaces de controlar sus impulsos, etc. La sociedad actual no proporciona ni proyectos ni puntos de referencia. Los muchachos (as) tienen como alternativa el individualismo feroz o la integración en tribus. La televisión y los videojuegos, actividades solitarias, no enseñan el comportamiento emocional que hace posible la convivencia.

La violencia florece allí donde reina el desequilibrio entre aspiraciones y oportunidades o existen marcadas desigualdades económicas. Especialmente fecundas para el cultivo de la delincuencia son las subculturas abrumadas por la pobreza, el desempleo, la discriminación, el fácil acceso a las armas, un sistema escolar ineficaz y una política penal deshumanizada y revanchista que ignora las medidas más básicas de rehabilitación.

Afortunadamente, también tenemos reflexiones y acciones que sí van en el sentido de ser más empáticos con la cultura de paz. Tal es el caso de esta semana, en que se ha celebrado el Día Mundial de la Educación Ambiental, que tiene como principal objetivo identificar la problemática ambiental tanto a nivel global, como a nivel local y crear conciencia en las personas y muy especialmente en los gobiernos en cuanto a la necesidad de participación por conservar y proteger el medio ambiente.

Desgraciadamente la ola de violencia en que nos hemos encontrado metidos en estos días, ha quitado la atención sobre temas tan importantes como el del medio ambiente. Por otro lado, la planeación de las urbes se ha dado en función de las necesidades que han generado el mundo pensado en consumismo y combustibles no renovables y no con una visión humanista y de futuro que ponga en el centro a las personas y no a los vehículos (con este modelo es más fácil que se vayan las y los delincuentes, en sus vehículos y en calles donde pueden correr y desaparecer, tal como ha sucedido hasta la fecha.

Tendremos que repensar y comprometernos todas y todos los ciudadanos que queremos una nueva forma de vivir más acorde con nuestros pensamientos y sentires en congruencia para lograr vivir en paz, con empatía, solidaridad, libertad y respeto.

 

¡Por la Construcción de una Cultura de Paz!

 

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