Circuló en medios recientemente que Cinépolis y Cinemex cerrarían varios complejos a nivel nacional producto de la crisis por la pandemia del Coronavirus. Se anunció también que serían cierres provisionales, pero en el caso de la sucursal ubicada en plaza Las Américas en Celaya, parece ser definitivo.
La noticia no me sorprendió, sin embargo, me entristeció. De inmediato recordé los muchos años y los gratísimos momentos que viví ahí. Mi primer contacto con el cine lo tuve en esa plaza al ver Jurassic Park, la gran película de Steven Spielberg estrenada en 1993. La plaza lucía sus mejores tiempos. La tienda departamental Gigante conectaba con la plaza que tenía todos y cada uno de sus locales ocupados y uno podía llegar con anticipación a “curiosear” en ellos. Me viene a la mente dos tiendas con juguetes de importación que a mi corta edad eran la sensación. Uno de ellos atendido por un señor de bigote que fumaba constantemente y otro enfrente atendido por su hija. Carros a escala de colección, relojes conmemorativos, muñecos de películas y cientos de cosas más que atiborraban el espacio.
El cine contaba con dos dulcerías, una a la entrada y otra al interior, en los pasillos. Eran los tiempos de los intermedios en el transcurso del filme, pausas que servían para ir al baño (había dos) o para comprar en dulcería antes de que la película fuera nuevamente proyectada.
Recuerdo también la función de preestreno de Jurassic Park 2 El Mundo Perdido a la que me invitó mi hermano Felipe en 1997. La plaza estaba totalmente atiborrada y la fila era interminable. Por alguna razón desconocida la película sufrió un retraso de dos horas y ahí aguantamos, estoicos, mientras saludábamos a conocidos que no dejaban de llegar.
El paso de los años abrió espacio a nuevas plazas con salas de cine más modernas también de Cinépolis. Primero llegó Parque Celaya y luego Galerías Celaya. Plaza Las Américas comenzó a tener un declive considerable y fue abandonada por el consorcio.
Los locales se vaciaron; se cerró la dulcería del interior y uno de los baños; únicamente llegaban películas dobladas al español, las salas muchas veces olían a humedad y el forro de los asientos aquejaba un considerable desgaste que resaltaba a veces el hule espuma de la base. Era frecuente también no encontrar algunos asientos en la sala. Seguramente suplían los que de plano ya no eran presentables con otros de otra sala y como ya casi no había clientes, no les importaba ni les causaba molestia.
Llegué a padecer también que los encargados de la proyección no recorrían la cortina negra de la pantalla ni silenciaban los anuncios de las bocinas una vez que empezaba la película. Todo esto y más se los hice saber siempre que a mi correo electrónico llegaba una “Encuesta de satisfacción”, pero ya no mejoraron nada.
¿Por qué seguía yendo entonces? Quizá por nostalgia, quizá por comodidad. Hoy lamento el fin de lo que para mí significó una buena época en la que disfruté del cine en familia, con amigos y en soledad.
Twitter: @gomez_cortina