“Cuando uno es quien es, abre el camino para el otro, y así, ya son dos personas siendo ellas mismas”. Elisa Cárdenas, psicóloga.
Para poder vivir el amor en pareja, con alegría y plenitud, debemos tener claridad acerca de quiénes somos, darnos cuenta de cómo funcionamos y actuar en consecuencia, de otra manera estaríamos en la incapacidad de amar. El problema es que las respuestas las damos por sentadas, asumiendo que de manera automática nos conocemos, al tiempo que simplificamos cómo funcionamos en dos aspectos principales: lo que siento y lo que pienso.
Solemos creer, equivocadamente, que somos nuestra historia, nuestro pasado, éxitos, fracasos, aciertos y errores, nuestras alegrías, tristezas, amores y desamores; pero, si bien lo que hemos vivido es nuestra experiencia de vida, no es lo que somos. Al confundir nuestra historia con lo que somos, nos equivocamos al pensar que somos un cúmulo de información, ya que somos desde que nacemos y somos en nuestro interior, independientemente de lo vivido y el conocimiento que nos aporta. Esta misma confusión se da con la cultura que hemos recibido en función del lugar y la época en la que nacimos. Partimos de la convicción de que debemos creer, actuar y comportarnos conforme a lo que nos dijeron, sin detenernos a pensar de manera profunda que toda la cultura que recibimos es fruto del azar, del entorno y de nuestra circunstancia. Es un hecho que si hubiéramos nacido en otro lugar, en otra familia o en otra época, creeríamos y le daríamos valor a cosas diferentes, lo que evidencia que todo aquello en lo que creemos, no solo no es lo que somos, sino que además puede estar equivocado.
Por otro lado, identificamos que pensamos y que sentimos; sin embargo, lo que no nos enseñaron, es que la manera en que pensamos determina la manera en que sentimos; el neurocientífico Facundo Manes, en una conferencia lo explicó así: “&si yo pienso ahora sin ninguna evidencia que ustedes se están aburriendo con esta charla, me voy a sentir mal, pero si yo pienso sin ninguna evidencia que están disfrutando esta charla, me voy a sentir bien”. Y si la mayoría de lo que pensamos y creemos es condicionado, fruto del azar y la cultura, resulta que los sentimientos que tenemos, también son fruto del condicionamiento. Entonces lo que sentimos, si bien es real, tampoco es lo que somos.
Para comprender quiénes somos y cómo funcionamos, nos es útil conocer y entender tres tipos de inteligencia: la inteligencia emocional de nivel inferior, la inteligencia intelectual de nivel medio y la inteligencia espiritual de nivel superior. Todas tienen distintas características y se orientan a fines diferentes, aunque son complementarias; y juntas, conforman la trilogía básica de la visión holista cuerpo-mente-espíritu que nos define y que son los tres grandes estados evolutivos de la consciencia humana, es decir, lo que somos. De acuerdo con filósofos y pensadores, estas inteligencias se valen de los tres ojos del conocimiento: el ojo de la carne, el de la mente y el ojo del espíritu. El primero nos permite lograr la supervivencia física, el segundo nos permite controlar técnicamente el mundo y el tercero nos permite darle sentido a nuestra vida y lograr el estado de felicidad. El primero es prepersonal, es decir, está al margen de nuestra voluntad, el segundo es personal, se define por nuestro pensamiento y el tercero es transpersonal, es decir, va más allá de lo que sentimos y de lo que pensamos.
Para entender quiénes somos, debemos conocernos de manera profunda, debemos trascender la propia identidad que surge de nuestro ego, producto de nuestra historia y de nuestra cultura. Es imperativo que despertemos al malentendido de identificarnos con cosas o experiencias que no somos y que reconozcamos nuestra verdadera naturaleza como seres conscientes.
En la ignorancia y a partir de las emociones que sentimos, es común creer que en la dicotomía del amor de pareja sólo somos un 50% y creemos, de forma equivocada, que nos falta la otra mitad, nuestra “media naranja”, más aún cuando este mensaje erróneo es reforzado constantemente por las personas que nos rodean, por las películas y por las series de TV. El hecho es que somos seres completos y nuestras vidas también lo pueden ser, independientemente de que tengamos pareja o no. Si nos faltara otra persona para estar completos, no solo dejaríamos de ser quienes somos, sino que el éxito de nuestra relación (y de nuestra vida) dependería de que se nos dé o no “el complemento” que se supone nos hace falta, creando una dependencia, en lugar de tener una relación de colaboración, crecimiento y libertad en la que, el resultado natural es compartir y enriquecer nuestras vidas& Así de sencillo.
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Un saludo, una reflexión.