Un abrigo negro. O, más bien: fragmentos de un abrigo negro que aparecen aquí y allá, furtivamente, durante la transmisión. Las cámaras graban a los policías que, armados hasta los dientes, se preparan para el asalto como si fueran a entrar en una zona de guerra. Luego siguen al reportero que documenta su entrada en el patio, atentos a los imposibles disparos de un francotirador. Allí lo entrevemos: la puerta del fondo se abre de adentro para afuera -primera anomalía- y es el hombre en el abrigo negro el encargado de ejecutar la insólita maniobra.

Un poco más adelante, permanece allí, oculto y expectante, mientras los reporteros de Televisa y TV Azteca entrevistan a la francesa del pelo enmarañado que no deja de proclamar su inocencia. Su mano adquiere entonces un papel central: escapando de la manga, se incrusta en el cuello del supuesto secuestrador y, como un perverso ventrílocuo, le indica qué responder y qué no. Reality con tortura en vivo.

A partir de allí, el abrigo negro se mueve como pez en el agua, zigzagueando por la propiedad que ha transformado en escenario: susurra, controla, da indicaciones: es él, Luis Cárdenas Palomino, brazo derecho del mandamás de la AFI y su hombre sobre el terreno, el director de escena de toda la puesta, quien ha elegido la escenografía -ese falso rancho que no es más que un cascarón con un patio empedrado y una cruz fotografiada por la policía días antes del asalto- y quien ha fijado, asimismo, la utilería del crimen: uniformes viejos, fotos extraídas de otros lugares, armas, credenciales de elector.

Doce años después, me cita, tras varias cancelaciones, en un café en San Ángel: llega bien trajeado, pulcro, menos apuesto y más embarnecido que en las épocas en que el presidente Calderón lo condecoró como policía del año -la buena vida-, muy seguro de sí mismo, un punto displicente. Ha accedido a la entrevista, pero me ordena -la costumbre- no grabarlo ni tomar notas. Todavía me pregunto por qué accedió, cuál es la versión de los hechos que quiso dejar fijada en mi memoria y en mi libro.

En esos doce años han pasado muchas cosas: presionado por Yuli García y Denise Maerker, Genaro García Luna ha confesado que la transmisión del 9 de diciembre de 2005 fue una recreación -así la llama-; Calderón se convirtió -apenitas- en Presidente y, sin tomar en cuenta sus mentiras en cadena nacional, lo ha ascendido a secretario de Seguridad Pública y responsable de su guerra; se han sucedido decenas de detenciones de capos -y otros tantos montajes: el de Florence Cassez e Israel Vallarta fue el preludio-; Francia y México se han enfrentado al calor de los egos de sus siniestros mandatarios; se han acumulado decenas de miles de muertos y desaparecidos; él y su patrón se han inventado la feroz Banda del Zodiaco -y ordenado la tortura de toda la familia Vallarta-; al cabo en 2012 el PRI ha regresado al poder; García Luna se ha marchado a Miami a hacerla de empresario; y él mismo trabaja ahora en el lugar donde lució su abrigo negro: TV Azteca. Por supuesto: en las sombras.

Cárdenas Palomino reitera su lealtad a García Luna -la historia le hará justicia, afirma, sin saber cuán cierto va a ser-, pero lo desmiente en un punto específico: aquel 9 de diciembre de 2005 no hubo ninguna recreación, sostiene, su jefe no estuvo allí, él sí. ¿Qué ocurrió entonces? Me responde: lo que se vio en la tele. Es decir, su puesta en escena, de la que casi se proclama orgulloso. No dice más, aunque esto sea suficiente: si no se repitió la escena para la prensa, significa que la mentira policial fue todavía más grande.

Hoy su ídolo está acusado de vínculos con el narco que decía combatir y él mismo -gordo y barbudo- ha sido detenido por las torturas perpetradas contra un hermano y un sobrino de Israel. Lo que a mí me pareció más estremecedor, más terrorífico, de nuestro encuentro en San Ángel fue la sensación de estar frente a una de las pocas personas en el mundo -acaso la única- que sabía lo que en verdad pasó en Las Chinitas aquella mañana. Detenido y contra las cuerdas, ¿será al fin capaz de revelarla?

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