¿Qué sigue en la segunda mitad de este sexenio? John Naisbitt, autor del libro Megatrends, dice que “la mejor forma de pronosticar el futuro es entendiendo el presente”. Intentémoslo.
A muchos sorprende que la popularidad de AMLO se mantenga cerca de 60%, a pesar de sus paupérrimos resultados. El “generoso” desembolso de programas sociales explica una parte. Muchos empiezan a sentir en sus vidas cotidianas y bolsillos los graves errores cometidos. Según datos de Mitofsky, Calderón, Fox y Zedillo gozaban de un poco más de popularidad a estas alturas. El patrón se repite. No hay garantía de mantenerla el resto del sexenio, o de que el Presidente logre la sucesión que planea. Basta recordar que Salinas tenía 80.7% de aprobación en agosto de 1991.
A pesar del aura de invencibilidad que AMLO anhela proyectar, conforme se acerque la sucesión -y eso empieza pronto- sufrirá el mismo ocaso que sus predecesores. Quien añora revivir los rituales priistas carece de un partido con la disciplina de éste. Su equipo empezará a tomar distancia para atender su propia agenda. La Presidencia se volverá un lugar cruelmente solitario.
El suelo que pisa Claudia Sheinbaum, su investida heredera, se volverá tambaleante conforme Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal, diestros hacedores de hecatombes, se propongan derribarla. AMLO lo sabe. Trajo de Tabasco a Adán Augusto López, casi su hermano, a allanarle el camino y cuidarle la espalda. Pero, para empoderarlo, tuvo que hacerle espacio con un gambito arriesgado, relevando a Julio Scherer, su doberman de confianza. Éste quizá se dedicará a monetizar su acceso al trono, como lo hace Alfonso Romo desde hace rato. Nada de malo hay en ello.
Olga Sánchez Cordero asumirá un papel que va más allá de su función decorativa en Gobernación, que le permitía a su jefe lucir balance de género en el gabinete. Su nuevo rol será vigilar a Monreal en el Senado para descifrar y anticipar el plan de juego del zacatecano, un verdadero costal de mañas.
Pero esa es la parte fácil de lo que viene. Los graves errores de este gobierno le cobrarán factura. México se ha quedado sin más motor para crecer que su alianza comercial con Estados Unidos. Ha sido la locomotora que nos jaló para un tibio rebote después de la brutal caída en 2020.
AMLO nunca entendió que la lógica de la reforma energética no era ideológica tanto como económica. Abría un camino para darles acceso a decenas de miles de millones de dólares a desarrollar una infraestructura moderna de energías renovables que le ponía la mesa a un montón de industrias ávidas de insertarse en la muy rentable cadena de valor norteamericana. Nunca entendió que no hacerlo es suicida, pues el mundo se mueve con convicción en una dirección en la que, por primera vez, teníamos la ventaja de quien mueve primero. Nunca entendió que el Nuevo Aeropuerto nos posicionaba como hub regional y atraería a empresas de logística internacionales justo cuando el comercio electrónico se adueñaba del mercado. Nunca entendió que tratar la pandemia como un problemita que podía barrerse debajo del tapete sólo prolongaba su brutal daño humano y económico. Nunca entendió que Pemex, querámoslo o no, está quebrada y que mientras más nos tardemos en reconocerlo, más dolor nos traerá.
México no va a crecer suficiente en la segunda mitad de este sexenio. No generaremos los empleos que necesitamos. Por mucho, no recibiremos la inversión que con tanta urgencia buscamos. Pemex y CFE nos seguirán desangrando, primero a gotas, después a borbotones. Sin aumentar impuestos, se quedará sin recursos, pues seguir extorsionando empresarios dejó de ser opción. Si, además, el aterrizaje estadounidense se complica, como empieza a ocurrir conforme las cadenas de valor se indigestan, podríamos quedar en una inoportuna deriva al frenarse nuestro único motor de crecimiento.
La mejor parte del sexenio se acaba. Empieza una ruta empedrada, llena de retos y baches. Si tan solo hubiéramos invertido en el vehículo adecuado para transitarla. La carreta tirada por bueyes en la que este gobierno nos metió se está desvencijando.