Sobre mi persona ahora se han presentado cosas que años atrás ni siquiera llegaba a percibir. La piel de mis manos, ahora delgada e hipersensible, se amorata o llega a herirse con una frecuencia accidental de grados mínimos. Desde luego mucho se sabe que el envejecimiento, la exposición al sol, la genética y ciertos medicamentos que llegan a hacerse de uso necesario y prolongado, debilitan la epidermis y sus vasos sanguíneos.
De modo es que la mínima condena que llego a padecer es la oscura tonalidad que cunde en la parte dorsal de la mano y otra, máxima, su proclividad a las frecuentes laceraciones. Sabiendo pues que las manos son preponderantemente dos importantes e intrincadas partes prensiles de nuestra anatomía nos damos cuenta que, éstas, nos permiten una singular diversidad de funciones, como: tocar, agarrar, sentir, sujetar, manipular y acariciar. Son, pues, en cierto sentido, una parte orgánica y primordial del ser que alcanza a definir conductas entre la multiplicidad de sus movimientos. Así pues, en la vejez, vale alejar, por atrofia, las manualidades cercanas a las zonas aristadas, a los roces no previstos o, en general, de todo aquello que cutáneamente represente una lastimadura ocasional.
Sin discutirlo mucho, sé que mis manos, convencionales, burdas y callejeras, están lejos de aparecer, aun, en la avanzada edad, entre similitudes con las de un pianista que, por lo general, tiene longitudes dactilares extremas para con cada dedo y en una brevedad inusitada pueda atender sobre el lapso de un segundo la exigencia de una particular partitura; tampoco compararía las habilidades manuales propias a las de un prestidigitador que, hábilmente, realiza juegos de manos y trucos de magia en medio de velocidades superiores a la vista. Así, podríamos abundar con las de un cirujano, un croupier, un paisajista, un trapecista. Pero no es necesario, el común de los mortales hace quehaceres domésticos y laborales rutinarios que no entregan precisamente a esas extremidades un máximo de gala u orgullo. Tal vez, este último, tenga más afinidad dactilar con la mano de un indigente ocular que sólo llega a imaginar, por su peso, la dimensión de una dádiva recibida.
Ignorando pues el detalle evolutivo del miembro que se habla, ignoro si mi mano huesuda, moteada por los años e impregnada, casi siempre entre nudillos y dedos por el mertiolate, sea imagen parecida o común a la de todo mortal; no obstante, de no ser así, concluyo que en el genio y figura hay una realidad incontrovertible y existencial.
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