Entre el nacimiento y la senectud, de llegar a darse esta última, cualquier persona tiene reminiscencias y momentos de reflexión emocional sobre los tiempos vividos. Desde luego, todos nosotros, antes de la gestación, sabemos bien que no hemos sido. Luego, entre uno y más vericuetos fortuitos y amorosos, se da el fenómeno de llegar a ser. Y, más tarde, con el arribo no deseado de la muerte, volvemos al principio de no serlo.

De acuerdo con lo anterior es bueno deducir que nada más en la presencia del ser se cuenta con la posibilidad de generar acciones que impacten a una determinada perduración. Aprovechando el misticismo del tiempo aquí declaro que, de Lázaro, hermano bíblico de Marta y María, sólo he sabido de su amistad con Jesús de Nazaret y de su resurrección, detalles, ambos, de eterna remembranza. Y en un sentido inverso diré que conservo en el recuerdo el comentario de un moribundo, conocido cercano, que, en el recato de una noche en vela, me hacía el comentario, con buen nivel de angustia, de no saber si en su vida había triunfado o no.

Permítame pues, estimado lector, asentar en este escrito que, bajo mi muy particular punto de vista, la memorabilidad llega en medio de una conjunción del ser y del hacer. Homero ha conservado por siglos su fama de escritor por su autoría de los bellos poemas: la Ilíada y la Odisea; Fleming conservó su sapiencia hacia la posteridad con el surgimiento de la penicilina; a Dalí se le reconoce por su obra emblemática La persistencia de la memoria; se sabe que Adam Osborne lanzó al mercado el primer ordenador portátil… Vamos, con realismo se podría afirmar que el mundo debe su desarrollo a la creatividad.

Hacer bien algún trabajo encomendado es obligado y hasta puede rozar el borde de lo loable, pero el escarbar sobre los recónditos huecos de la creación acorta los caminos para arribar a los espacios de lo sublime, lo inolvidable. Bueno es anotar en este final de escrito que lo creable no debemos pensar que se encuentra sólo entre genios de nuestra vecindad… no, el trabajo diario, por ejemplo, siempre aceptará mejoras novedosas y progresistas, si ahuyentamos, con valor, el estatismo de la cómoda y aburrida monotonía.

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