Para cualquier persona que se educa debe parecerle inconcebible la idea de que el libro impreso llegase a desaparecer. Entre las grandes o pequeñas dimensiones de una cualquier biblioteca casera, los asiduos lectores hogareños se identifican de forma cariñosa con los volúmenes de vistosidad cromática que adornan los lomos coloridos de sus pastas; y, claro, también con las páginas que en otro tiempo fueron señaladas a través de separadores comerciales o simples y pequeños dobleces esquinales de sus hojas que, adicionalmente, llegan a presentar, de seguro, renglones que evidencian sobre las relevantes líneas hechas por un crayón emocional usado para delimitar relatos enfáticos.

Así, al final de todo, el amante específico de la literatura o la ciencia tendrá a la mano dulces y constantes momentos de reencuentros, a la mano de su antojo. El detalle no tiene parangón entre las distintas modalidades virtuales literarias: por ello, se piensa, que los libros digitales, como todo y lo que se refiere a la electrónica aparecen y desaparecen de manera volátil sin llegar a formar la parte sentimental de lo humano.

Doy por sentado, estimado lector, no olvidar las osadías de Ulises frente al canto de las sirenas en la Odisea; tampoco, me alejo de los cuidados que a su rosa tenía el principito de Saint-Exupéry o el carácter emotivo y nacional que vertió Ramón López Velarde en su obra poética. Y siguiendo en el mismo orden de ideas, comento que recuerdo con beneplácito los espacios que entre los anaqueles domiciliares ocupan los nombres de Stefan Zweig, Oscar Wilde, Ernest Hemingway, Frans Kafka, Octavio Paz y otros muchos.

Sabiendo pues que el libro editado es una colección de páginas escritas con firmes propósitos de impactar y prevalecer en el ánimo del leyente, su localización visual, frecuente e importante, lleva a tener, de forma subconsciente, el orden de sus contenidos para personas que, como su servidor, no gozan de una memoria que ralle dentro de lo portentoso. Diferencia, desde luego, con lo virtual. Lo digital siempre se perderá en el éter de no tener atrás una mente ordenada u obsesiva y un recurso técnico necesario para volver a un pasado cercano o distante. Sin duda, frente a este embate de la técnica, en cualquier caso, leer, intelectualmente, es lo más simple, barato y eficaz 

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