Leyendo de forma sistemática y social llegué al libro titulado “La vida está en otra parte” de Milan Kundera. En sus páginas, bien escritas, Jaromil, personaje central, no llega a ser, dentro de la trama, el hombre que el mismo esperaba; y claro, así, su vida, no tan larga, transcurre entre los designios y apocamientos de la madre con gran insipidez e intervalos de rebeldía con impacientes sueños absorbidos en momentos de veloz fugacidad. Leyendo la obra y haciendo un ejercicio de análisis se puede extrapolar que la mayoría de los errores humanos se presentan entre aquellas cosas que apresuramos o aquellas morosidades extremas que llegan a impedir los hechos Sabemos que impacientarnos sirve para ir más allá del lugar en donde estamos, aunque no tengamos definidos sus derroteros ciertos; y que, en la modalidad del paso suave, otros pueden llegar a anticipar las acciones urdidas sobre las andanzas nuestras.
Bajo la filosofía popular, el “despacio que voy de prisa”, nos coloca bajo todo pensamiento del sí querer llegar a los acontecimientos anhelados bajo la condición de términos precisos. Con la idea de armar un mundo mejor todos sabemos que es muy difícil actuar movidos por el acicate de una impaciencia carente de la suficiente información o de la tardía e inoportuna manera de manejar los espacios de la oportunidad. Todo, para el éxito de encontrar nuevos horizontes, tiene un momento específico y una forma precisa de mudar hacia una condición superior siempre deseada.
En el tiempo vivido todo se ha acelerado. Ahora que hasta el nivel de las prisas han robado el tiempo antes usado para la reflexión, el mundo de lo virtual, sin mayor muestra de piedad, ha obligado a mecanizar las mentes para hacer y decir sobre la ausencia casi absoluta del pensar. Sin dudarlo se puede aseverar que la electrónica tendrá ya en ciertos sectores sociales mayor capacidad de impacto que las costumbres educativas de la mamá de Jaromil o las influencias político-sociales que el personaje creado por Kundera tuvo que asimilar como propias. Es posible pues, que una especie de “robotización” no sólo ahora se absorba el cuidado de las actividades mecánicas, sino que llegue a adueñarse de nuestros cerebros para crear una gama de simples reproductores de pensamientos e ideas prefundamentadas.
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