De forma casual y afortunada llegó a mis manos una página cultural del periódico LA JORNADA DE ENMEDIO fechada el sábado 15 de abril de 2023. Ahí, bajo el título de “las plantas sonríen” y con autoría de Pablo Espinoza, leí un encantador artículo que en sus principios anota preguntas como: ¿Por qué los seres humanos han sentido a lo largo de la historia la necesidad de construir jardines? ¿Cómo es que a través de cavar, plantar y podar se ayudan a desarrollar virtudes como la paciencia, tenacidad y la gratitud, que se antojan requisitos indispensables para conseguir que todo germine, florezca y fructifique en una bella flor o, extrapolando, en un bello texto literario? Sin embargo, antes de seguir, bueno es saber que la muy diversa y notable orografía del territorio nacional se han clasificado a la fecha entre 21,073 y 23,424 plantas vasculares (vegetales que cuentan con tejidos que conducen los fluidos a través de la planta y otros que otorgan un soporte para permitir que las plantas consigan un gran desarrollo de forma individual). Expertos de la Comisión Nacional para en el conocimiento de la materia refieren que nuestro país se encuentra como un cuarto lugar mundial en relación con la biodiversidad global. Cito, por cerrar el párrafo, un pequeño renglón de nuestro gran poeta Carlos Pellicer que en su hermoso poema titulado: “Discurso por las flores”, se dejó dicho lo siguiente: “El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores”.
La muy diversa y notable orografía del país nos regala floraciones vistosas y espectaculares como muestras nacidas y desarrolladas en diferentes espacios de cada época del año. Bien se ha llegado a decir que entre el reino vegetal y las personas suelen establecerse mil diálogos fraternos: existe entre una falta de agua para algún desarrollo o la protección de una sombra, otra, una buena tierra o la fertilidad de un dulce abono, una tercera, una poda oportuna o la defensa contra los depredadores. Se dice que tener un oficio sentimental y memorable entre personas y plantas no sólo depende del tamaño y la forma de las macetas: que ahí, hasta donde se extienden los límites de una genuina pasión el lenguaje de lo herbario se mueve entre ese dulce y sensible reino de lo verde que nace, se desarrolla y muere bajo la amorosa apreciación a nuestra vera.
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