Parecería que no, pero los habitantes de esta linda ciudad de Irapuato estamos en medio de un barullo urbano no deseado, persistente, nocivo y hasta inmisericorde: el tráfico vehicular, los cohetes de las festividades religiosas, el cúmulo de ladridos entre perros domiciliados, las alarmas sonoras de ambulancias, etc., son cosas que en todo instante llegan a producir ruidos nefastos y ensordecedores no deseados.
En este asunto que bien pareciese un poco trivial, claro, Irapuato, no es una excepción entre las ciudades que cargan con su estruendo y su desencanto. Sin embargo, bueno es hablar, por su criticidad, de uno en especial: el ulular ferroviario. Con su abundante tráfico de las locomotoras arrastrando inmenso número de vagones, la frecuente sonoridad irrumpe los callejeros cruces viales de la, ahora, mayor ciudad, acallando el dialogo casual a escuelas, hospitales, iglesias, oficinas y centros de recreación, mediante su imperativo, largo y grave silbido de vapor o de aire, que viola cualquier otra tonalidad suscrita en el ambiente que interfiera su paso.
Se sabe que el sonido emergente de una máquina ferroviaria llega a manifestarse entre los ya dañinos efectos de 90 ó 100 decibeles en su cercanía; y que, en lo circundante de su impacto, lo audible, se puede calificar dentro de lo poco amable. De manera es que, desde aquel registrado septiembre de 1880 las máquinas siguen llenando de aturdimiento los rumbos en donde los paralelos rieles de antaño les dieron paso y, ahora, los mantienen con el absurdo escándalo obligado.
Y, no obstante, echando la vista atrás, recordamos románticamente que la estación de Irapuato era en donde la vena artística dejó escrito, para la posteridad musical, que “cantaban los horizontes”. Reconocido es que como transporte público el tren dejó de serlo hace décadas y se ignora si la carga irapuatense sea relevante para el paso constante de esas ristras de vagones, pero infiero que, por complacencia, el transporte debería de respetar la quietud ciudadana y hacer lo conducente para no molestar los tiempos de otros, con la estridencia de sus ruidos consabidos e inherentes.
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