Entre algunas otras cosas que bien podríamos llamar placenteras se encuentra la noble práctica de tomar, entre amigos, un delicioso café bajo las condiciones quietas de una tarde cualquiera que ronda ya sobre el ocaso. Frente a esa condición los sorbos de la infusión llegan a provocar de manera imperceptible el cambio de tono de las cosas hasta arribar a los dulces momentos mágicos de alguna charla interesante. Se recuerda, como ejemplo, que, en una esporádica ocasión, con ya un buen sabor de boca, se peroraba sobre la idea compleja de diferenciar los términos de civilización y de cultura. Bajo este tenor llegó a la memoria de un participante lo que escribió Irene Vallejo en su extraordinario libro titulado: “El infinito en un junco”, diciendo que históricamente las civilizaciones, ese conjunto de costumbres y creencias acatadas en un momento dado, pueden llegar a envejecer, para después trocar evolutivamente; detalle que no se da de manera similar para la cultura ya que, salvo por insospechadas digresiones, la cultura no abandonará la forma creciente del progreso. Total, que, entre el trago tibio del café, parece propiciarse la llegada del pensamiento diverso.
Ignoro cómo es que el aroma del café recién preparado provoque o haga aflorar el interés de cuestiones extraviadas sobre el éter de nuestro marasmo. Pero intuyo que, en la elección del espacio, el momento y los amigos para sentarse frente a una tasa de porcelana conteniendo felizmente el brebaje, da principio al rito de una camaradería más allá de lo conocido como el “mundanal ruido”. Viene a la mente que en la época preparatoriana su servidor, estimado lector, tenía un amigo y, de no estar mal, creo que su nombre era Carlos. Carlos, en Acámbaro, ya fuera en el café de Gaby o Las palomas, solía pedir al mesero un café con la estricta exigencia de que casi lo sirviese ardiendo, pero Carlos no solía tomarlo, su pasión se colmaba con sólo inhalar sus vapores. Claro, pasado un tiempo, el café llegaba a enfriarse, pero, Carlos, para seguir su acalorada e interesante plática en turno solicitaba que se lo volvieran a calentar. Así, en una tarde cualquiera, Carlos, instaba por el número de recalentamientos necesarios para su único café, que acompañaba el acontecer de sus diálogos tratados.
En el internet se anota que la cafeína es la razón clave por la que el café aumenta la función cerebral. Sin embargo, entre fortunios e infortunios causados por la droga psicoactiva, también presente en el té y otras bebidas energéticas, se sabe de algunos estragos bajo la no tan sana causa de su adicción.
Comentarios a: [email protected]