Habemos personas con ritmos de vida alrevesados: la oscuridad cercana a un amanecer mueve la vitalidad de unos y las sombras que surgen después de ponerse el sol dotan de movilidad a otros. Y desde luego, como la absolutez no es característica ni de nuestro espacio ni de nuestro tiempo, también se pueden sectorizar a los preponderantes y exclusivos entes diurnos que están bajo el diseño de siempre ver el sol o a los nocturnos que prefieren su carencia. Lo comentado tiene significancia por el disfrute cósmico que en este pasado y reciente mes pasado que presentó el hecho de hacer aparecer dos lunas llenas (Superluna Azul) sobre la estrechez de los pasados 29 días calendáricos del agosto acontecido.
Partiendo del hecho ya científicamente reconocido de que la luna no es de queso y de que sus clímax nos presentan con regularidad sus periodos de culminación, nos viene al recuerdo el detalle de que el astro causa euforia en el embrujo de los enamorados, marca tiempos para actividades agrícolas, produce oleajes marítimos y marca de manera imperceptibles, inequívocas y evidénciales conductas de los modestos y cautos pasos nuestros en la infinitud de lo sideral. Gloria Fuertes, poetisa, llegó a escribir: “En las noches claras, resuelvo el problema de la soledad del ser. Invito a la luna y con mi sombra somos tres”. Y, sin embargo, muy seguramente muchos de los aspectos vivenciales que siempre se han venido albergado sobre la idílica manera de ver y sentir a nuestro satélite, cayeron del encanto aquel 20 de julio de 1969, cuando delante de la huella del sobrecalzado, fuera de Neil Armstrong o Buzz Aldrin, quedó impreso como un paso quieto y memorable sobre la polvosa y real arena astral.
A la fecha, ya desde lo que estrictamente llamamos “tierra”, las adimensionales vecindades del universo se sondean obsesiva y científicamente con afanes no tan precisos para ser libremente divulgados ya. Pero bueno, un resultado tangible que bien pudiéramos llamar de beneficio público distará, por decir algo, tres o cuatro generaciones más. Y claro, lo que sí parece ser evidente es que la proximidad de la luna vierte facilidades inigualables para estar gozando de su superficie como lugar indispensable del despegue para la penetración de lo celeste. Ventaja es que sobre el tema de la selenofilia los poetas y cancioneros mexicanos han escrito ya una y mil páginas, como la que seguramente recordamos de José Alfredo Jiménez: Deja que salga la luna.
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