Conjeturar sobre los vericuetos que el ser humano tiene que seguir para constituirse como un ente social de la comuna que ocupa, tendrá siempre, lo que algunos llaman, sus “asegunes”. Es obvio que la familia es la primera asociación que un infante identifica como el ambiente en donde debe aprender a moverse con relativa y satisfactoria propiedad. Después, para el aún menor de edad. la espiritualidad practicada por los padres, lo acercan al medio místico considerado como conveniente. Y claro, luego, en una fase que bien pudiésemos llamar hasta tardía, llega hasta el adolescente el irremediable y caótico barrunto de la imprescindible y anárquica sociedad civil.

Convencidos de lo ineludible de las etapas atrás acotadas, bueno es introducirse en la complejidad de cada una. Así, primero, entre la enorme disparidad económica que se vive entre comunas citadinas o rurales del país, los principios familiares de formación difieren radicalmente entre chicos, llamémosle bien nacidos y bajo la atención y el criterio de sus padres. Por otro lado, la religiosidad, de por sí metódica y universal, cuenta con ritos globales, periódicos e inamovibles que van rigiendo el respeto del feligrés desde el nacimiento de su ser hasta más allá de su muerte. Y, en un último término, en lo civil, la masividad adolescente aparece en el ambiente de lo participativo a través de su formación escolar y el aprendizaje pleno de sus obligaciones y derechos ente lo comunal.

Entendiendo pues que la formación ciudadana debe de comprenderse como la adquisición de conocimientos para el desarrollo de habilidades y la incorporación de valores que permitan a la persona incidir y mejorar su vida personal y pública, todo debe de situarse frente a la disposición de un progreso específico. Hoy, primero, hace falta que siempre se pudiera luchar denodadamente por minimizar las diferencias sociales; segundo, que siempre se llegase aprender sobre la meticulosidad espiritual y, tercero, que siempre se pudiese gobernar de manera digna para todos.

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