Pensar que la indolencia sea una característica de nuestra ciudadanía sin excluir la sentencialidad entre la inmensa variedad de posiciones sociales patrias, lleva a la inmediata suposición de un atrevimiento exagerado y mueve a un cerrar de sentidos sobre la ineludible y propia heredad atávica. Desde la avasalladora prehispanidad hasta las imposiciones callejeras del tiempo la nacionalidad no logra alcanzar un propio bienestar entre la multiplicidad de caracteres geográficos, el muy acostumbrado pago del votante político y el desarrollo basado preponderantemente en intereses egoístas. Con insuficiencia sobre la salud, la educación y la equitativa distribución de la riqueza, ni por asomo se llegan a avecindar las proximidades de las emancipaciones absolutas. Pero sí seguiremos cantando con periódica euforia y en fechas memorables los versos del “Cielito lindo” y una o dos estrofas del Himno Nacional que, entre una beligerancia fuera ya de todo contexto, se repiten entre las muy diferentes tonalidades de las gargantas patrias.

Sin embargo, la complejidad de crear un desarrollo armónico en cualquier país no parece tener fecha de término. Si algo caracteriza al tiempo actual es su cambio circunstancial y obligado sobre el día con día. Hablar, por ejemplo, de que los carros serán eléctricos acarrea una transformación de costumbres en el consumidor, en el fabricante de autos, en la manutención, en la reglamentación de su uso, en su daño al ambiente y su hasta en su desperdicio. Y, lo sabemos, en una brevedad tal vez no concebida, los autos empezarán a volar. El hombre y su diseño social de colectividades se han hecho de estancias finitamente breves y en el futuro cercano nuestros modos de ser y de vivir nos exigirán conductas móviles y expeditas. Dejemos pues el estatismo y las rigideces de carácter, la corriente innovadora mañana estará sobre nuestras espaldas, nuestras mentes y , será de esperarse, nuestras sonrisas. 

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