Se agotan, por fin, las campañas. Llevamos meses y meses de soportar o al menos sobrellevar esta abrumadora contaminación visual y auditiva. En otro sentido, se diría que así hemos fatigado un sexenio entero, dado que AMLO no deja de promoverse ni un solo día. No hay hacia dónde mirar y menos qué escuchar porque allí, en cada barda, en cada espectacular, en cada mínimo espacio libre, en cada programa de televisión y de radio, en cada periódico, en cada página de internet, en cada red social -que se filtran, para colmo, en cada conversación- aparecen los lemas y las promesas de los candidatos -se juegan miles de puestos- o se dibujan sus torsos, sus rostros y sonrisas, así como los colores de sus partidos y de sus alianzas.

Esto es, se nos dice, la democracia: el peor sistema del mundo, con excepción de todos los demás, en el que millones de ciudadanos acudiremos a las urnas a elegir a nuestros representantes. Una inmensa -y, me temo, inevitable- ficción. ¿Una mentira? No, pero algo que se le parece bastante: la ilusión de que esos miles de candidatos no van a preocuparse por sí mismos, sino por nosotros. En un sistema tan ferozmente presidencialista como el nuestro, sabemos que es falso: salvo excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, solo responderán a su propio interés y al de sus partidos. Muchos se enriquecerán gracias al erario o por los contactos que entablarán en sus curules, medrarán para hacer negocios o para ascender en el escalafón, ajenos a las preocupaciones de aquellos a quienes dicen representar.

En el fondo, lo único que importa es cuántos llegarán al Congreso -y a los Congresos locales-, de modo que podamos aventurar, aunque siempre haya sorpresas y traiciones, si la nueva Presidenta podrá hacer lo que se le antoje, o no. Se impone votar, pues, conscientes de que cada uno de esos individuos, sometidos a la disciplina de partido, se disolverá en un coro anónimo, solo esperando que al cabo apoyen o contengan -únicas opciones en esta época de polarización- a quien ocupe el Ejecutivo.

En la elección presidencial -y en las de gobernadores y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México- se juega, en cambio, el poder real. Pero, aun allí, las campañas han sido anodinas. De un lado, López Obrador decidió imponerle su agenda a la candidata oficialista, sin dejarle el menor margen para asumir un discurso propio y obcecado con vigilar su fidelidad a la causa, es decir, a él mismo. Claudia Sheinbaum no ha tenido más remedio que hacer justo eso: presentarse como adalid de la más obvia continuidad, sin que sepamos si es porque en verdad lo cree o porque se trata de la única estrategia posible para sobrevivir.

De modo que, paradójicamente, la candidata oficialista, y a quien todas las encuestas dan como ganadora, es la figura más desconocida de la campaña. Tras meses y meses de verla y escucharla, en realidad nadie sabe qué piensa en realidad.

Del lado opositor, el reverso: Xóchitl es la pura transparencia, que es su fortaleza y su debilidad. No esconde nada o no tiene mucho que esconder. De hecho, es pura personalidad -a veces chispeante, a veces torpe, nunca profunda- sin ninguna convicción.

Hoy dice una cosa y mañana la contraria, como si quisiera expresar vivamente la anomalía de la alianza que la apoya: un batiburrillo de partidos que, tras odiarse por décadas, ahora solo se unen en su odio a AMLO. Su mayor problema es que representan justo el reverso de lo que ella ansía transmitir: corrupción y violencia, en primer lugar. Su propia ecuación parece, así, imposible de resolver.

Y queda, en una esquina, Jorge Álvarez Máynez. Poco importa que sus propuestas sean, en algunos casos, auténticas propuestas (al contrario de las de Sheinbaum y Gálvez): en el fondo, no tiene otro objetivo que mantener vivo a su partido y el negocio que representa. Declinar sería, en este escenario, un suicidio que ni él ni Dante Delgado cometerán.

Se agotan, por fortuna, las campañas. Y no nos queda, pese a lo anterior, otra salida que votar.

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