No sé si los cambios que vienen con los años sean un error o un acierto y debiéramos seguir siendo los mismos. Muchas veces he reflexionado sobre los pros y los contras en un vano juego de mentiras, puesto que estoy sujeta a la vida, y ésta, inminentemente trae los cambios consigo.
Y no es que quiera cerrar los ojos, si de mí se trata, sólo que no me son tan perceptibles, como cuando a otras personas se refieren. A veces, me detengo y los noto tejidos en mis días y veo su magnitud con asombro, suelo confrontarles su frialdad y crudeza, más termino estrechando sus manos sin rencores, porque sé que las modificaciones prometen mi subsistencia y siendo así, no les reprocho nada.
Algo así me pasó contigo, coincidimos casualmente en esa fila, y recordé esos años viejos en los que nuestra amistad era tan estrecha. No te abordé, pues tenía temor de estarte confundiendo con otra persona, sólo vi el perfil que me era tan parecido, tus ojos grandes de pestañas largas. Dubitativa me detuve cuando escuché la voz y supe que me equivocaba. La voz nos identifica, da esa unicidad que nos hace inconfundibles. A veces, pienso qué es lo único que permanecerá de nosotros, que quedará grabada en las conciencias, en las mentes taciturnas que nos evoquen en fechas significativas, algo así.
De haber sido tú, que no lo eras, probablemente hubiéramos intercambiado teléfonos con la promesa de encontrarnos, solo para comprobar que ya no somos compatibles y perdernos de nuevo, porque las plantillas actuales, no coinciden con los moldes viejos.
Sin embargo, esa confusión de tí me sumió en tus palabras archivadas y en tu risa sin poder evitarlo. Pensé en buscarte y reanudar nuestra amistad, ponernos al día, preguntarte cómo te ha tratado el mundo, pero no lo hice porque ya he tenido varios desengaños. Los cambios, nos arrebatan a la persona que conocimos, resulta imposible encontrar al modelo original de nuevo.
Y sé que a ti te pasaría lo mismo, después de una larga charla y de una búsqueda infructuosa, regresaríamos al presente con las manos vacías. No tiene sentido fomentar una mentira, es inútil alimentar el anhelo de reencontrarte y continuar en un tiempo pausado.
Yo no decidí que se implementaran los cambios, se instalan sin pedirnos permiso en nuestra cara, en nuestras manos, en nuestro corazón latiente como capas de carcoma, y no se pueden separar bajo riesgo de convertirnos en unos desconocidos para nosotros mismos. Recuerda, para tu conformidad, que lo que está en juego es nuestra supervivencia.
Estamos formados de arena, escapa de nuestras manos, se nos diluyen los días entre los dedos, somos espuma de mar que muta en nuestras palmas. ¿Te das cuenta? Detenernos, es como querer aprisionar el viento que no le pertenece a nadie, vuela libre por la superficie del planeta sin asideras, sin portar un apellido ni tener una guarida. Sí, pensándolo de esta manera, también somos viento.
Al hablar de cambios, no sé si de error o acierto se trate, lo que sé es que es mejor así, y aunque parezca una incongruencia, he decidido dejarte ir, en una extraña y personal forma de conservarte y darte la permanencia en mis días. Tenerte así amiga querida, en ese tiempo inmodificable, tal y como te quiero, exactamente como te recuerdo.