En resumen, el sistema capitalista que tanto admiramos sin darnos cuenta de que en realidad es un socialismo corporativo, es un modelo que promueve la desigualdad y la desgracia humana.

Esto no es una opinión, es un hecho. De acuerdo con la OXFAM, El 1% de la población controla actualmente el 82% de la riqueza del mundo. Por otro lado, el consumo actual de recursos es equivalente a 1.75 planetas tierra en perjuicio de la generaciones futuras. 

Desde hace unos meses en Estados Unidos, ícono mundial del Capitalismo: Amazon, Google, Apple y Facebook están en el ojo del Departamento de Justicia y la Comisión Federal de Comercio, quienes abrieron investigaciones antimonopolio sobre estas cuatro empresas; al tiempo que los reguladores europeos han abierto una investigación sobre si las reglas de la tienda de aplicaciones de Apple son monopólicas. Si bien es un tema más complejo de lo que parece, para simplificar la idea tomamos nota de uno de los informes en donde se daban recomendaciones para controlar a las empresas y dividirlas. Desde un punto de vista 100% capitalista, podríamos decir que estos ataques o restricciones hacia estas empresas, no tiene razón de ser, después de todo, han crecido conforme a las “reglas del juego”; sin embargo, la naturaleza del capitalismo que beneficia comercial y económicamente a los más grandes, ha llegado a tal extremo que es inevitable que, por consecuencia de la oferta y la demanda (premisa básica del sistema), surjan monopolios globales contraponiendo algunos de los “conceptos pilares” del sistema como son: la “sana competencia” y “oportunidades para todos”.

Ya lo hemos comentado, el error primario del capitalismo es que quienes lo diseñaron, no consideraron la prudencia imperativa de establecer un límite. Hoy, la mayoría estamos pagando el precio financiero de éste mal diseño, lo que nos tiene viviendo al día, y pronto, lo terminaremos pagando todos, ricos y pobres, por falta de sustentabilidad. Pero el problema no termina con las prácticas monopólicas o la explotación irracional de los recursos del planeta que, siendo propiedad de la humanidad, la oligarquía en el poder se los ha repartido desde hace más de un siglo; la realidad es que en los centros comerciales auspiciados por impresionantes marcas globales que nos hacen sentir especiales, se están comercializando productos a costa de la miseria humana, de acabarnos los recursos naturales y de la guerra y la invasión a otros países… los economistas, con ánimo de matizar una realidad depredadora llaman a esto “externalización de costos”. Muchos de los productos y marcas que consumimos en nuestro día a día, dependen en gran medida del abuso y explotación de otras personas y naciones, lo que es inmoral. Al consumir, estamos participando y fomentando (probablemente sin saberlo), de una cadena comercial que depende del maltrato de vidas humanas, “tanto peca el que mata a la vaca, como el que le agarra la pata” dice la conseja popular. Entiendo que no todos tenemos claro la cadena de producción y explotación de los productos que consumimos, y por supuesto que no es la intención señalar ni mucho menos juzgar, al contrario, sé que la mayoría somos buenas personas que consumimos productos y servicios sin saber el daño que ocasionamos, por ello, la invitación es a la reflexión, al análisis y a la investigación para detener de inmediato estos hábitos de consumo, y enseñar a las nuevas generaciones las causas y las consecuencias de estos hábitos de vida, lo que eventualmente nos permitirá revertir la tendencia hacia la extinción de nuestra especie.

Pero ojo, hay alternativas reales al modelo depredador capitalista que nos rige; por ejemplo: Los israelitas promedian el costo del agua entre quienes la tienen a un metro del manantial y quienes las tienen a kilómetros de distancia. Esta visión humanista y ética, no funciona con la oferta y la demanda, donde, quienes estén cerca del manantial tomarían ventaja. 

En uno de sus programas Hasan Minhaj en Patriot Act, de Netflix, expresó: “La conveniencia es el producto más deseado de nuestra generación”, y me parece que tiene razón. Lo irónico, es que mientras buscamos la conveniencia, olvidamos que lo hacemos a costa de otros seres humanos, de la oportunidad de las generaciones futuras de gozar de los recursos y sustentabilidad del planeta y que, en el proceso, olvidamos que la conveniencia, la comodidad, la tecnología, las marcas, los accesorios y todo aquello que es externo a nosotros, jamás podrá darnos la calidad de vida deseada, ni nos permitirá alcanzar la felicidad a la que aspiramos… ¡Así de sencillo!

Un saludo, una reflexión.

Santiago Heyser, Sr. y Santiago Heyser, Jr.
Escritores y soñadores

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