El anuncio retumbó esta semana con la fanfarria oficialista de siempre “A partir del 1 de enero de 2026, el salario mínimo nominal aumentará un 13 %”. En las gráficas gubernamentales, saturadas de colores brillantes y promesas engañosas, la noticia se vende como un triunfo histórico de la justicia social. Pero, al bajar la mirada a la realidad del diario vivir, el triunfo se desvanece y asoma el engaño,  entre 2018 y 2024 el salario mínimo aumentó nominalmente más del 100 %; sin embargo, el poder adquisitivo real se erosionó, basta leer los datos que muestra INEGI sobre canasta básica. De ahí que este incremento sea un cruel espejismo numérico. 

Para el ciudadano de todos los días, la nueva cifra podría sonar atractiva, pero las preguntas duelen y obligan a reflexionar: ¿realmente alcanza?, ¿se compra más?, ¿se ahorra?, ¿se vive mejor?, ¿voy a vivir subsidiado y con tarjetas eternamente? Por otra parte, la narrativa oficial omite deliberadamente al verdadero tirano de la canasta básica: la inflación real acumulada. Esa no engaña; esa es la que enseña los dientes cada vez que vamos al mercado.

Definitivamente, todo aumento es necesario cuando la vida se encarece; lo injusto es vender este ajuste como una solución mágica. El salario nominal sube por decreto, pero el costo de la vida avanza por la inercia de una economía débil y mal gestionada. Esto se nota cuando el precio del huevo, la tortilla y el transporte se disparan. Entonces, el aumento no es ganancia; es apenas un flotador para no ahogarse. Es la ilusión de tener más dinero cuando, en realidad, se tiene menos poder adquisitivo. El gran engaño radica en la desconexión: no se puede decretar riqueza si no se genera.

Es una trampa peligrosa creer que se pueden elevar los sueldos por mandato mientras se somete al sector productivo a una asfixia sistemática. El empresariado enfrenta una economía frágil y un crecimiento nulo, con franca tendencia al decrecimiento. Aumentar el costo de la mano de obra sin elevar la productividad, sumado a la presión de reducir jornadas laborales, es una receta extraída de un libro barato para detonar el desempleo, fomentar la pobreza… y la ignorancia.

Las PyMEs sostienen a la mayoría de los hogares de México, pero no olvidemos que no contamos con máquinas para imprimir billetes como el Estado. Ante alzas desmedidas y sin incentivos fiscales, la encrucijada es decisiva pues se traslada el costo al precio final (más inflación) o se recorta personal. No hay de otra. Las matemáticas son frías: sin empresas viables, no hay empleos; y sin trabajo, no hay salario.

A esto sumemos la losa de la deuda pública histórica, que se adosa a las generaciones futuras. Celebrar aumentos mientras se hipoteca el futuro con un déficit fiscal elevado es entregarle al trabajador “billetes de hule”. Y eso, amable lector, definitivamente no se vale.

Finalmente, el gran olvidado: la informalidad. Más de la mitad de la población activa no recibe estos beneficios, pero sí paga los platos rotos de la inflación que estos ajustes detonan.

Más reitero, no se trata solo de subir el salario con una firma, ni de cantar las mañanitas. Lo verdaderamente necesario es que con lo que honradamente ganamos podamos vivir bien; sin la zozobra del “no me alcanza”, sin convertir cada quincena en un acto de supervivencia. Mientras el salario no alcance para vivir con dignidad, la justicia social seguirá siendo un discurso incompleto. Recordemos: La dignidad laboral no se decreta, se vive cuando el trabajo rinde para vivir, no solo para resistir.

Ahora, usted, ¿les cree?

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