Como es del conocimiento de algunos de los amables lectores que nos siguen en este prestigioso informativo desde hace 24 años, mi gusto por leer biografías de Napoleón Bonaparte. Se sabe que solo la vida de Jesucristo supera las más de 300 mil (según el historiador Andrew Roberts). 

Biografías que se han construido sobre la vida y pasajes de Napoleón, por su trascendencia en la historia occidental y su gran obra imperecedera en lo militar, en lo social, en el arte, la cultura, la ciencia, incluyendo la Jurídica, con el Código Civil (Denominado Napoleónico) Neo Romanista que nos rige; y en la política como gran estadista, que fue distribuyendo el poder entre familiares y hombres de plena confianza en las latitudes del mundo conquistado con estratégicas alianzas para su férreo control. Un hombre extraordinariamente sobresaliente desde su origen de pobreza hasta proclamarse Emperador, con un sentido innato para la guerra y las batallas como artillero.

Hoy con motivo de la Navidad escogí un pasaje poco conocido sobre este gran personaje, a veces considerado como un hombre de una crueldad inhumana, inflexible y castigador implacable; pero algunos biógrafos dan cuenta de momentos de magnanimidad y ternura. (André Castelot. Espasa Calpe. Edición 1982. Dos tomos. Y Magazine Cultural Independiente. LBV.Com)

Hacia noviembre de 1808, Napoleón arribó a España personalmente con un ejército de 90 mil combatientes, para escarmentar a ingleses y españoles que se habían unido, (siempre los ingleses buscando ayuda a quien unirse para poder enfrentarlo, solo así lo derrotaron en Waterloo con cuatro ejércitos de otros tantos países unidos) y habían propinado a los franceses una derrota en Bailén. Así que en su camino hacia Castilla ya había ganado dos batallas, la de Espinosa de los Monteros (Burgos) y Gamonal. Ya en Madrid y rendirse la capital debido a su otro triunfo en la batalla de Somosierra.

Las fuerzas unidas de ingleses y españoles con el general Moore al mando decidieron huir hacia León, por miedo a ser exterminados; y allá fue Napoleón en su persecución, implacable y persistente como era. Pero en el trayecto un mal tiempo lo obligó a hacer un alto en Tordesillas, Valladolid, precisamente el 25 de diciembre, día de Navidad. Se alojó en el Convento de Santa Clara habitado y administrado por religiosas, donde se le brindó, cobijo, calor y comida.

Se cuenta que la abadesa María Manuela Rascón de avanzada edad, al llamado de Napoleón, medio caprichoso para poder conversar con alguien, acudió con templanza y sabiduría, pues era muy culta y conocía sobre Napoleón. Seguramente se cayeron bien y hasta bebieron café, infusión desconocida para la monja. Napoleón quedó tan satisfecho y motivado por la hospitalidad y conversaciones, que decidió regalarle a la Abadesa mil monedas de oro para la comunidad religiosa y le otorgó el título de Abadesa Emperatriz.

Como lo comento, la abadesa Rascón muy sabia y prudente propuso a Napoleón permutar el regalo tan valioso y honroso por el perdón a tres hombres que su ejército había detenido acusados de haber ayudado con espionaje a los ingleses y ya había ordenado su ejecución. Napoleón conmovido por la postura humilde de la Abadesa, por la Navidad o los momentos agradables que había pasado, accedió a la petición, revocó su orden y aquellos tres hombres salvaron la vida el 25 de diciembre de 1808. Así quedó plasmado en los anales del Monasterio de Santa Clara. Entre los tres hombres estaba el entonces Sr.Cura de Tordesillas.

La percepción de aquel hombrecillo genio de la guerra y que sistemáticamente ganaba y ganaba batallas, considerado un monstruo cruel y despiadado, había cambiado y en la región se ganó el respeto y la admiración: era magnánimo y de carne y hueso, un mortal bondadoso y consciente, conmovible.

Quienes tengan oportunidad de viajar por aquellos lares, podrán constatar la veracidad del relato en los documentos del Monasterio y los recintos que dan fe de aquella visita del Emperador de Emperadores.

¡Feliz Año 2026!