La política exterior de México está, extrañamente, alineada con los países perdedores. Léase las dictaduras latinoamericanas de la izquierda tropical. Desde que Morena llegó al poder, muchos de sus afiliados pregonaron la defensa de Nicolás Maduro. Uno de sus acólitos fue Gerardo Fernández Noroña, quien defendía a la República Bolivariana de Venezuela, pero se paseaba por Nueva York, Las Vegas y ahora por Europa.
Maduro asistió a la toma de protesta de Andrés Manuel López Obrador a sabiendas de que no era bien visto por Estados Unidos, país que le había presentado cargos por los que hoy es juzgado en una corte de Nueva York. A Miguel Díaz-Canel, el dictador en turno de Cuba, se le invitó sin considerar que representa todo aquello que nuestra Constitución reprueba.
Al tirano se le otorgó la presea del Águila Azteca, la máxima que el país puede conceder a un extranjero. Fue una respuesta de agradecimiento a Cuba por haber condecorado a López Obrador. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, se le otorgó a Jared Kushner, yerno de Donald Trump, lo que fue un escándalo para la oposición. La verdad es que Kushner fue un gran gestor para el beneficio de México en tiempos de Luis Videgaray.
Por si fuera poco, defendimos al presidente peruano que quiso dar un autogolpe de Estado. Pedro Castillo Terrones decidió, por sus pistolas, destituir al poder legislativo de su país. Un intento de quedarse con todos los poderes, porque simplemente no sabía cómo gobernar un país democrático. Cuando las instituciones funcionaron y lo echaron, México intervino para defenderlo contra los principios de la doctrina Estrada, que tanto se menciona ahora.
El país se alineó, aunque no se acepte, con los líderes que han convertido a sus países en perdedores, a las naciones latinoamericanas que retrocedía en su economía, en su democracia y en sus libertades. ¿Por qué nos afiliamos al club de los perdedores? La única explicación es que en el viejo PRI y en Morena (el nuevo PRI), hay pruritos ideológicos rancios de una izquierda revolucionaria que fue protegida por los intelectuales de los sesenta. En ese entonces fue validada por movimientos que buscaban acotar el poder del imperialismo yanqui en la región. Muchos nos creímos el cuento durante algún tiempo hace medio siglo. En nuestra cultura persisten los pretextos para culpar a Estados Unidos y a los poderes imperiales de Occidente de nuestros fracasos. Cuba es el exponente máximo de esa ideología perdedora. Solo Chile, después de abrazar la democracia, comprendió que el modelo económico heredado de Augusto Pinochet haría crecer la riqueza y el bienestar de la mayoría.
Mientras Latinoamérica quería “liberarse” del imperio norteamericano, en Asia buscaron capital, inversión y tecnología de posguerra. Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong dedicaron su tiempo a triunfar. Lo hicieron. México seguía apoyando la revolución cubana.
Cuando llegó Vicente Fox al poder, el canciller Jorge Castañeda se atrevió por fin a cuestionar la supresión de los derechos humanos en la isla. Tenía toda la razón política y moral. Cuba es una cárcel que, por fortuna, está a punto de cambiar. Desde Luis Echeverría, el gobierno había condenado el golpe de Estado en Chile y la dictadura de Augusto Pinochet, pero nunca las dictaduras de izquierda que existían en 1973 en todo el bloque soviético, los perdedores de entonces que hoy triunfan bajo el manto de las libertades de la Unión Europea.
Venezuela y Cuba destruyeron las empresas y la libertad que generaban valor económico: perdieron. El resultado está a la vista.