En otra vida, Jensen Huang habría sido profesor. Su medio preferido es el pizarrón. En muchas de las reuniones en Nvidia, se levanta con su marcador de borrado en seco favorito en mano y diagrama un problema o esboza una idea.
Alterna entre ser profesor y alumno, fomentando un espíritu de colaboración para desarrollar pensamientos y resolver problemas.
Sus bocetos son tan precisos que podrían convertirse en esquemas para documentos técnicos. Sus colegas lo llaman “Profesor Jensen” por su capacidad para explicar sencillamente conceptos complicados.
En Nvidia, el pizarrón es más que la forma principal de comunicación. Representa tanto la posibilidad como lo efímero: la creencia de que una idea exitosa, por brillante que sea, debe eventualmente ser borrada y una nueva debe ocupar su lugar.
Cada sala de conferencias tiene un pizarrón, lo que indica que cada día y cada reunión es una nueva oportunidad y que la innovación es una necesidad, no una opción.
El pizarrón también requiere pensamiento activo e inevitablemente revela qué tan bien (o mal) cualquiera, hasta el CEO, conoce el material. Los empleados deben demostrar su proceso de pensamiento en tiempo real frente a una audiencia. No hay forma de esconderse detrás de diapositivas creativas o videos de marketing ingeniosos”.
Apenas algunos párrafos del extraordinario libro “The Nvidia Way”, que cuenta la historia de la empresa que revoluciona al mundo con chips y servidores que alimentan el desarrollo de la inteligencia artificial.
A todas luces, Nvidia, la compañía más valiosa del mundo, es exitosísima.
Imagina, alguien que hubiera invertido 10,000 dólares en su oferta inicial en enero de 1999 hoy tendría… ¡casi 44 millones de billetes verdes!
Pero no creas que la historia de Nvidia es color de rosa. Para nada. Estuvo varias veces al borde de la bancarrota y tuvo que reinventarse más de una vez. Vaya que tuvo que borrar y reescribir en sus pizarrones.
Porque, ojo, los pizarrones de Nvidia pueden borrarse. Ese es precisamente el punto: las ideas que te llevaron al triunfo de hoy no necesariamente son las que te harán ganar el campeonato de mañana.
Un pizarrón en blanco que se pueda borrar.
¿Sabes qué? Un gran tema ahora que inicia un nuevo año y que podemos pausar para borrar y escribir.
Hablemos, pues, del pizarrón de nuestra vida.
Iniciemos con el borrar.
Antes que nada, debo aclarar que no todo se puede o debe borrar. Hay que ser cuidadoso, pues, en elegir lo que se desea eliminar. Y, sin embargo, sí vale la pena meterle la lupa a actividades y personas.
¿Cuáles te agregan valor y cuáles agregan dolor? ¿Cuáles son necesarias y cuáles opcionales? ¿Qué tan dura sería la borrada?
Analiza, decide y crea un plan en consecuencia. Y, ojo, optimizar es una forma de borrar. O sea, borrar no necesariamente implica eliminar todo.
En teoría, todo esto liberará tiempo, recursos y energía.
Tiempo, recursos y energía para lo más divertido, para apuntar cosas nuevas en tu pizarrón. Para innovar, para reinventarte.
¿Cómo hacerlo?
Ya sabes, te voy a sugerir un enfoque ingenieril.
Considera un par de capítulos: trabajo y vida personal, quizá puedes desglosarlos en subtemas (relación con tu jefe, proyectos, ideas para innovar, salud, relaciones familiares, etc.).
Luego realiza un análisis de dónde estás y después visualiza dónde quieres estar. Sé realista, considera tus activos y fortalezas. Mirada en el cielo y pies firmemente en el suelo.
Y antes de apuntar en el pizarrón, jerarquiza. Porque si apuntas demasiado es como si apuntaras con tinta invisible. Es apuntar metas que o no se cumplirán o, bien, borrarás pronto.
Finalmente, crea planes detallados para lo apuntado. Identifica y calendariza acciones. Agénciate de los recursos que necesitas (humanos y materiales). Inicia actividades. Crea un sistema de retroalimentación para medir progreso. Y luego ajusta en el camino.
Te deseo entonces que logres todo lo que escribas en tu pizarrón para 2026. Ah, y no lo olvides: ¡borra preocupaciones y tristeza!
Posdata. Sheinbaum insiste en patear al pesebre: un día y otro defiende al régimen de Maduro. Aunque tuviera razón en las formas de la captura, valdría más aplicar la máxima del filósofo de Juárez: ¡Pero qué necesidad!
En pocas palabras…
“El mundo necesita de más soñadores que ejecuten”.
Jensen Huang
@jorgemelendez