El alborozo por la caída de Nicolás Maduro -un déspota torvo, marrullero y sin carisma, al que nadie ha querido defender- duró apenas un instante. Muy pronto fue evidente lo ocurrido: el secuestro de un tirano a manos de otro. Una paradoja extrema del episodio es que Trump y Maduro no son sino las dos caras de una misma moneda: autócratas decididos a demoler todos los principios de la democracia liberal y a gobernar a su capricho, desprovistos de cualquier balance o freno. Si estuviera en sus manos -y, desde su segunda llegada a la Casa Blanca, ha hecho hasta lo imposible por lograrlo-, los Estados Unidos de Trump serían una calca de la Venezuela de Chávez.
Si algo diferencia al presidente estadounidense de sus predecesores -y acaso esto sea lo que más desconcierta a sus críticos y a sus víctimas- es que ha prescindido de cualquier justificación: si bien la intervención en el país sudamericano no hace sino seguir una política imperial que se extiende de la injusta guerra contra México de 1845 a la deposición de Noriega en Panamá en 1990, esta vez Trump ha afirmado, con todas sus letras, que su única meta es el control total de sus recursos energéticos. En la siniestra conferencia de prensa posterior a la incursión quedó claro que no le importaban ni la suerte de los venezolanos ni la democratización del país: de allí su desdén hacia Edmundo González y María Corina Machado, reconocidos por los propios Estados Unidos como sus gobernantes legítimos.
Stephen Miller, uno de sus principales asesores, responsable de su criminal política migratoria tanto como de su expansionismo, fue aún más transparente: “El mundo real está gobernado por la fuerza, está gobernado por el poder. Estas son las leyes de acero del mundo desde el principio de los tiempos”. Si el ejemplo venezolano significa un punto de inflexión es porque certifica, en la amplia coalición ultraconservadora que sostiene a Trump como mascarón de proa, el triunfo de la facción imperial frente a la aislacionista: un cambio que transforma a Estados Unidos en la mayor fuente de inestabilidad en el planeta. Igual que la Alemania nazi en su momento, nos enfrentamos a un psicópata narcisista y sin escrúpulos al frente de la mayor maquinaria bélica jamás conocida, sostenido por una élite ferozmente racista y antiliberal.
Las comparaciones son odiosas excepto cuando un hecho calca a su precedente: tras el intento de toma ilegal del poder (en un caso, el putsch de la Cervecería, en el otro el asalto al Capitolio), de su conquista por la vía democrática, del desmantelamiento de las instituciones estatales y la persecución de las minorías -la consolidación del autoritarismo interno-, viene la expansión exterior: entonces, los Sudetes; hoy, Venezuela convertida en una nación tributaria. Sabemos lo que ocurrirá ahora, una vez constatada la falta de consecuencias: nuevas hostilidades. Trump, que siempre hace o al menos intenta hacer lo que dice, lo ha dejado claro: su siguiente objetivo es Groenlandia y, con ella, el fin de esa incómoda alianza que es la OTAN.
Cuando una potencia decide quebrar todas las reglas de convivencia internacional, el sistema entra en pánico y se paraliza. Con la excepción de China, que siempre apuesta por el largo plazo, el resto del mundo repite la estrategia de apaciguamiento de Chamberlain en la Conferencia de Múnich de 1938 -el mismo lugar, por cierto, en el que Vance se burló de los europeos en su cara-: como nadie se atreve a enfrentarse a Estados Unidos, se le deja actuar con impunidad. Conocemos el resultado. En este caso, quizás no lleve a una guerra total, pero sí a un mundo sin orden, en el que Trump le arrebatará a cualquiera que considere débil -México o Europa- lo que se le antoje.
La legítima satisfacción por la salida de Maduro no debe distraernos de que el gran peligro para la humanidad, en este momento, se halla en el envanecimiento que este triunfo le deja a Trump. La lección es clara: pese a los riesgos que entraña, debemos confrontarlo en todos los frentes posibles, pues de ello depende que la democracia liberal no pase a la historia como un breve paréntesis ante la persistencia de la tiranía.