Volvimos a vernos después de años, y es que el tiempo corre de prisa sin detenerse en explicaciones, sin darnos ningún tipo de opciones para frenarlo.
A veces, la vida permite coincidencias, y así sucedió con nosotros ese día. Al mirarnos, salieron presurosos los recuerdos, esparciéndose como pétalos invisibles, envolviéndonos como un remolino de hojas alegres.
En ese encuentro fortuito, reconocimos cómo con la tecnología, nos hemos hecho amigas a la distancia sin vernos, me cuentas leer mis palabras como si las escucharas de mis propios labios, increíblemente la pantalla, que almacena nuestras vivencias, de manera eficaz las muestra.
Después de los saludos hablamos de la casa, reconozco que mis recuerdos de ese tiempo están mezclados de cierta manera con los tuyos. El compartir nos une con lazos extraños, tú fuiste testigo de ese ayer, es como si conocieras el mapa y el territorio que recorrieron mis pasos. Así que la mención de ese entonces evoca en nosotras una nostalgia suspendida en el aire con tenues hilos, como una telaraña. Nos dejamos atrapar, porque sabemos que la vida continuará y esto, solo será un lapso, un compás de espera, una coma en nuestras horas y en nuestros mundos.
No lo dijimos, más la película se reprodujo silenciosa de manera alterna a nuestro diálogo y
volvimos a mirarnos con la mirada de entonces. La música de esas tardes de ensayos en el corredor sonó en nuestros oídos, y pareciera que nos movíamos a ese ritmo. Aun así, no dijimos nada.
Miramos las brillantes baldosas blancas y negras, las altísimas columnas que detienen la terraza, y desde esta perspectiva, el jardín nos saludó con alegría. Al fondo la gran pajarera de los periquitos australianos, la terracita en donde representaban sus obras enmarcada por los rosales. Y atestiguando con sus techos rojos, la casita que de la misma manera nos daba la bienvenida. He esperado largo tiempo por ustedes, decía, sabía que algún día volverían.
Silenciosa hizo entrada en escena la nana Chelo que dio las buenas noches con una charola en las manos, después, desapareció internándose a un lado de la biblioteca a pasos quedos. Mirando entretenida, mi abuela observaba la coreografía apoyada en el alfeizar de la ventana.
Quise decirte que la casa ya no es la misma, que ha cambiado como nosotras y está dividida, el jardín ha desaparecido y lo más lamentable, la casita fue demolida. Pero no quise entristecerte, porque hubiera sido una crueldad de mi parte. Probablemente en la actualidad has vuelto y lo has comprobado con tus ojos y quisiste tener la misma deferencia conmigo.
Y es que el tiempo es relativo, y una de sus cualidades es que puede quedarse suspendido en nuestros pensamientos. Y así, perdurará y podremos volver las veces que queramos, a esa casa, a la de entonces, a la que recordamos, a esa. Así que sumergidas en ese estado de latencia, con ese cariño fraterno sin caducidad visible, sin entrar en más detalles nos despedimos.