Dijiste; compré estas puertitas para ponérselas a ella, y poderle decir que por ahí se escabulló un hada, o un ratón. Hay tantas cosas que se encuentran del otro lado de esas puertas que no quiero mantener en exclusiva, así que te dije que me parecía muy bien.

Tú y yo caminamos esos senderos mágicos, nos confundimos entre la fantasía y la realidad en un tiempo que se quedó prendido en nuestra alma con alfileres.

A mí, me enseñó a abrirlas ella, que siempre tenía las historias maravillosas a flor de piel, brotaban de sus labios como flores frescas. En ese entonces, yo decía haber visto cuando no había visto nada, y haber sentido sensaciones en mi piel imaginarias. Después, veía su mirada cómplice que se reflejaba en la mía.

Más adelante, yo hice lo mismo contigo, o más bien hicimos, porque no fue una labor solitaria, y así tu mundo se duplicaba o triplicaba, y tu imaginación tendía sus finas telarañas.

Y aún te acuerdas, tan es así, que quieres repetir la historia, porque has recorrido esos caminos solitarios que recorremos unos cuantos, pero que son, tan, pero tan hermosos que nunca podremos olvidarlos.

Así que vi las puertas. Eran pequeñas del tamaño de la palma de mi mano, tenían diferentes formas y colores. Tomé una de ellas, la más vistosa, tenía un color rojo y herrajes, yo con fuerza giré la manilla y entré con decisión.

Ante mí, apareció un prado que se movía con el viento, en el que yo me interné observando sus flores, sintiendo el calor de la tierra y el zumbar de los insectos. A lo lejos, se veía una casa y un arroyo que iba cantando, y alcancé a escuchar que decía nuestros nombres.

No sé por qué supe que no era la primera vez que visitaba ese lugar, ni la única en hacerlo. Así que me encaminé con prisa, sumergí los pies y toqué las piedras de cantos rodados que brillaban sumergidas en el arroyo fresco, que seguía corriendo sin prisa, sabiendo que llegaría a un mar lejano.

Aún con la sensación de esa agua corrediza, me preguntaba por qué no he abierto con más continuidad esas puertas, y he utilizado esas salidas que ella generosamente me mostró, porque seguramente también le habían revelado lo mismo.

Después subí la cuesta y llegué a la casa cansada, me senté en las escaleras y observé el hermoso valle feliz que me saludaba y que, creí que decía mi nombre. Confiada abrí esa otra puerta y al entrar ahí estabas tú. Me invadió una gran alegría porque los dos teníamos entrada al acceso secreto, así que nos sentamos y tras el ventanal, silenciosos observamos lo mismo. Después nos despedimos, yo tomé la misma ruta, tú te quedaste dentro. Sin embargo, cuando me incorporé a nuestro mundo compartido, vi que ya estabas aquí. No nos dijimos nada, solo nos sonreímos con la mirada, porque conocíamos la puerta y tenemos el paso asegurado.