En la semana tuve la oportunidad de ver de nuevo la película de “Mad Max”, en la que se retrata una civilización colapsada, desértica, dominada por vehículos improvisados, la gasolina es escasa y las comunidades de personas solamente tienen una preocupación: sobrevivir. En efecto, es una imagen distópica, pero también puede servir como alegoría de lo que ocurre cuando las estructuras que sostienen la vida cotidiana comienzan a desaparecer, pues la civilización “moderna” parece sólida, pero en realidad descansa sobre dos pilares sorprendentemente frágiles: la energía y logística. Cuando cualquiera de ellos falla, todo lo demás comienza a temblar.
El mundo no suele derrumbarse por una sola catástrofe espectacular (hay excepciones, cierto), pues casi siempre ocurren cosas más simples en primera instancia: el combustible deja de fluir, las rutas comerciales se rompen y la organización social, dependiente de estos flujos, comienza a erosionarse. Tal vez por ello los días actuales tienen tanto impacto en nosotros, pues detrás de esos eventos “lejanos” se vislumbra una verdad muy incómoda: la civilización no colapsa de un día para otro, ya que antes de hacerlo se vuelve frágil. Hoy en día tenemos esa fragilidad a nivel global, pues las tensiones geopolíticas alrededor de rutas energéticas estratégicas (como el estrecho de Ormuz, en las cercanías de Irán) nos recuerdan hasta qué punto dependemos de unos cuantos corredores marítimos por los que circula una parte considerable del petróleo y gas que alimentan a las economías del mundo. Al volverse inciertos esos corredores, el impacto ya no es solamente en el combustible, pues la energía más costosa encarece los transportes, se altera la logística internacional y todos los sectores que dependen de estas redes se empiezan a presionar y uno de los más vulnerables es el sector salud.
Los hospitales modernos y otros centros de atención no son simples edificios donde consultan médicos o atienden enfermeras, son sistemas tecnológicos de alta complejidad que requieren electricidad continua para ventiladores, monitores, equipos de laboratorio, resonancia magnética, sistemas informáticos, cadenas de frío para medicamentos y vacunas, entre otros. De igual manera la medicina actual depende de las cadenas de suministro globales que son harto complejas. Hoy no es raro que un hospital mexicano utilice medicamentos producidos en la India, equipos de diagnóstico fabricados en Alemania o reactivos que cruzaron océanos antes de llegar a un laboratorio. Gran parte de lo que hace posible la atención médica viaja miles de kilómetros antes de llegar a destino.
Ahora bien, cuando la energía se encarece (como ahora) y las cadenas logísticas se estresan, los sistemas sanitarios comienzan con una presión considerable y aunque no se “detienen” de inmediato, empiezan a mostrar signos de desgaste como el retraso en la llegada de insumos, aumento de costos de operación, equipos fuera de servicio por falta de refacciones o presupuestos hospitalarios que ahora absorberán mayores costos de transporte y energía.
Nuestro país está sumergido en este escenario de forma particular, ya que aunque no depende directamente del petróleo del Golfo Pérsico, está integrado al sistema norteamericano en el que una parte significativa de combustibles refinados y gas natural provienen del extranjero. De igual manera, muchos medicamentos, dispositivos médicos y otros materiales utilizados por el sistema mexicano de salud se producen fuera de territorio. Por ello, estamos frente a una vulnerabilidad silenciosa, ya que una crisis energética global podría transformarse en una crisis operativa para el sistema de salud nacional y si bien no veremos (crucemos los dedos) imágenes como en las películas, si podemos estar frente a hospitales con presupuestos aún más ajustados, retrasos en suministro de medicamentos y servicios más lentos. Es por ello que México debe reconocer que los hospitales, centros de diagnóstico y otros elementos forman parte de la infraestructura crítica del país y que su funcionamiento depende de la seguridad energética. Esto implica entonces fortalecer los sistemas de respaldo eléctrico, contar con reservas estratégicas de combustible y avanzar a fuentes alternativas de energía que permitan mantener la operación incluso ante interrupciones prolongadas. De igual manera, es menester desarrollar reservas de medicamentos e insumos médicos esenciales, diversificar proveedores y también apostar por la producción nacional de medicamentos, dispositivos diagnósticos y reactivos, viendo esto como una inversión en resiliencia.
Sí, las distopías del cine exageran el futuro para hacerse visibles, pero nos recuerdan que no estamos lejos de enfrentar batallas por energía, logística y resiliencia sanitaria, por lo que comprender esto a tiempo puede ayudarnos a evitar que una realidad adversa ahora se vuelva tragedia. Es tiempo.
* Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.