Víktor Orbán era un problema serio para la Unión Europea, al igual que Donald Trump lo es para todo el mundo.  El presidente que gobernó Hungría durante 16 años había acumulado un poder autoritario que controlaba todo. Sus cercanos se enriquecieron gracias a la corrupción y el país dejó de crecer en los últimos años.  

Disfrazado de un nacionalismo antieuropeo, frenaba todas las causas comunes del bloque de países más importante del mundo. Cuando comenzó la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, Orbán se puso del lado del dictador Vladimir Putin. Luego vetó la ayuda por más de 100 mil millones de dólares que la Unión ofrecía a Ucrania para combatir la invasión rusa (cualquier miembro de la Unión Europea tiene derecho de veto sobre esas aportaciones). 

Se dice que Orbán es de “ultraderecha”, con tintes fascistas en cuanto a los migrantes y conservador o “iliberal” en cuanto a la cultura de avances sociales que hay en Occidente. Su semejanza con las ideas de Trump lo hacía su aliado; incluso fue apoyado desde Estados Unidos y desde Rusia en la elección: perdieron.

Si vemos los hechos sin un ángulo ideológico de izquierda o derecha, sino desde una perspectiva democrática o antidemocrática, Orbán actuaba como un autócrata. Concentraba todo el poder y las decisiones; sin embargo, 16 años de ejercerlo lo desgastaron. La prosperidad inicial de Hungría se estancó y la corrupción creció. A pesar del control de los principales medios de comunicación, la convivencia europea hacía imposible ocultar las fallas del régimen. 

A diferencia de Venezuela, donde Nicolás Maduro se robó la última elección presidencial, Orbán actuó con sobriedad: primero reconoció su derrota y luego felicitó a Péter Magyar, quien fuera su colaborador y miembro del partido Fidesz, al que derrotó con una nueva formación llamada Tisza. Podemos decir que Magyar venció a la “mafia en el poder”, si nos atenemos a la definición de Bálint Magyar, exministro de educación, recogida por el periódico El País: “Un Estado-mafia, un régimen en el que un grupo político captura las instituciones del Estado y constituye una red patronal de estructura piramidal que lo controla todo”. Eso, ¿dónde lo hemos escuchado antes?

Péter Magyar formaba parte del entorno de Orbán, del partido y de su ideología conservadora. Seguro que vio la oportunidad en el grado de insatisfacción de los jóvenes, enfadados con un gobierno autoritario, corrupto y reaccionario. Unió a las diferentes corrientes opositoras que nunca habían podido derrotar a Orbán y barrió con  mayoría absoluta, obteniendo el control del parlamento húngaro con más del 66% de las curules. 

Parte del problema de Orbán fue el deterioro de su economía, con un déficit fiscal del 4,5% y una deuda que rondaba el 75% del PIB. Enfrentado a Europa, no pudo con el desgaste. Ahora vendrán tiempos mejores para Hungría, con la promesa de Magyar de situar a su país en el centro de la UE y de abrir puertas a colectivos castigados por el conservadurismo, como las personas LGBT. 

Si regresamos a nuestra historia reciente, el PRI perdió su hegemonía cuando Cuauhtémoc Cárdenas y el propio Andrés Manuel López Obrador abandonaron el partido para fundar el PRD. A medida que Morena concentre más el poder y se afiance un modelo autoritario con el control de todas las instituciones, es probable que la alternancia llegue desde formaciones políticas nuevas, encabezadas por algún líder disidente del propio partido. 

En esta batalla gana Europa, gana la democracia y pierden Rusia y Estados Unidos. Pierde el autoritarismo. ¿Quién lo diría?

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