Salvadora Álvarez. Foto: AM.

La felicidad no es un lugar al que se acceda con un mapa o un itinerario.

No llega por mucho anhelarla, sin embargo, a veces crees poseerla por breves momentos, más es inútil apresarla, porque no se deja comprimir entre los brazos, es incorpórea y etérea y no tolera la prisión.

Llega cuando menos te lo esperas; está al volver la esquina confundida en un rayo de sol, o probablemente en una mañana de desayuno, en unas risas compartidas que coincidieron, en unas miradas cómplices, y entonces, sientes su presencia, sabes que está ahí.

Dura los momentos precisos para saciarte el alma, para sentir que ese cántaro se desborda hasta no caberle una gota más, hasta notar el alma plena. No queda más que asimilar esa sensación de plenitud, agradecer y continuar caminando.

Yo, colecciono momentos hermosos; atesoro tus risas y tu alegría contagiosa, y después trato de darle forma, para hacerle un sitio en mi maleta junto a las múltiples cosas que llevaré conmigo.

Me doy cuenta, que, de mis anhelos más profundos, si me fuera posible realizar uno siquiera, escogería guarecerme en tu corazón, para seguir latiendo contigo, y replicar mi vida en cada latido. Ser una remembranza que te evoque una sonrisa llenándote de calma, y te sientas abrigada por el cariño que permeo en ti.

La felicidad no tiene un rumbo fijo; no hay una señalética para llegar a ella, ni hay que afanarse tanto, no es un lugar preciso en el planisferio. A veces creo que se encuentra en tus ojos, escondida entre tus brazos, o la siento brotar de las palabras de consuelo, como si de un manantial profundo se tratara, calmándome, sosegándome, sosteniéndome.

Hay tantas formas de encontrarla, y son muy simples, están al alcance de cualquiera que extendiendo los brazos quiera abarcar la tierra entera, apreciando las cosas más sencillas y cotidianas, aquilatando el tiempo que no regresa.

Pero para captarlas es preciso estar atenta y observar sin prisa.

Ayer, puedo decir que estuve ahí, que fui feliz y me sentí girar en ese remolino que me absorbió por entera, trasladándome de mí hacia ti con una fuerza increíble. Y fue, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera nada más que tú. Así que ahora, cierro mis ojos, rememoro y atesoro esos momentos, porque están fundidos conmigo con los átomos que me componen.

Y yo, en este momento de remembranza, detenida en mi camino, agradezco por todo, agradezco por ti. Muchas, muchas gracias.

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