La vigilancia epidemiológica tiene un problema y no siempre es la falta de información. En ocasiones, el problema es más incómodo: “estás viendo y no ves”.

Justamente pocas cosas ilustran mejor esa contradicción que el contexto actual del hantavirus, porque mientras la OMS intenta tranquilizar al mundo tras el brote asociado al crucero MV Hondius, afirmando que “esto no es COVID-19, no es el inicio de una pandemia”, sustentando lo anterior con la incapacidad de transmisión sostenida y la limitación de persona a persona, existe una peculiaridad: el brote sigue activo.

En epidemiología, las afirmaciones absolutas durante eventos activos deberían incomodar un poco, no porque el escenario pandémico sea inevitable, sino porque la ciencia seria trabaja con incertidumbre dinámica y no con certeza total. Es notorio que estamos frente a un evento “raro” internacional, con transmisión interpersonal posible y en entorno cerrado con viajeros multinacionales. Justamente así es que comienzan las anomalías epidemiológicas, con eventos “pequeños, improbables y aparentemente contenidos”.

Ahora bien, el verdadero problema no es el virus, la bronca reside en cómo reaccionan los sistemas de vigilancia frente a la incertidumbre que tiene relevancia biológica. Justamente aquí es donde México, tristemente, entra a escena.

Mientras que los organismos internacionales pueden darse el “lujo” de emitir mensajes tranquilizadores, asumiendo que existen redes de diagnóstico robustas, vigilancia descentralizada y capacidad de detección oportuna, en nuestro país la realidad es precaria y fragmentada. El riesgo en México no es necesariamente que el hantavirus sea pandémico, sino otra cosa más peligrosa y es que ni siquiera seamos capaces de verlo. O peor aún, que lo estemos viendo y decidamos ignorarlo.

Aquí es donde llegan preguntas incómodas: ¿Cuántos laboratorios en Mexico tienen capacidad de diagnóstico confirmatorio de hantavirus? ¿Cuántos hospitales podrían sospechar clínicamente casos? ¿Cuántos médicos pedirán la prueba? ¿Cuántos cuadros terminarían clasificados como “cuadro respiratorio atípico” o “complicado”? 

Porque esto ya lo vivimos y fuimos testigos de la ironía institucional que era “no hay evidencia de transmisión importante”, porque en efecto, para tener evidencia primero tendrías que buscarla. Desafortunadamente en muchos sistemas latinoamericanos (México siendo un ejemplo vivo) la vigilancia epidemiológica funciona bajo una lógica meramente reactiva, sin embargo, las amenazas emergentes funcionan al revés: primero emiten señales débiles, patrones extraños, casos dispersos, diagnósticos que no cuadran, eventos improbables, muestras que nadie procesa o resultados que tardan demasiado porque todo termina centralizado en laboratorios nacionales que desafortunadamente sufren de falta de capacidad operativa.

Hay que entender que la epidemiología moderna debe activarse cuando la incertidumbre relevante aparece, no solamente cuando ya la amenaza es franca, porque, cuando ya todos “están seguros” el tiempo de respuesta epidemiológico ya se ha perdido. Justamente aquí es donde la frase “estás viendo y no ves” cobra relevancia, pues deja de ser una expresión de sarcasmo para ahora ser una descripción estructural del problema: se observan “neumonías inusuales”, pero no se investigan, se reconocen limitaciones diagnósticas, pero oficialmente “no hay casos” o se detectan anomalías y el discurso institucional se empeña en transmitir control. 

En nuestro país esas declaraciones categóricas son verdaderos “tranquilizantes”, porque permiten evadir la realidad adversa que es la vulnerabilidad sistémica del sistema de salud. Desafortunadamente, los virus no responden a narrativas institucionales y en sistemas sanitarios fragmentados, como el nuestro, esa falsa tranquilidad es aún más peligrosa que la propia alarma, porque reduce la sospecha clínica, disminuye la vigilancia y relaja mecanismos de detección que ya eran insuficientes desde antes. 

En efecto, el hantavirus probablemente no sea el “próximo COVID-19”, pero, desafortunadamente, en regiones con vigilancia desigual, puntos ciegos diagnósticos e incapacidad asistencial, estos eventos “atípicos” encuentran terreno fértil para convertirse en amenazas de alto calado. 

En México, el verdadero problema epidemiológico no es lo que ocurre, sino todo lo que ocurre sin que el sistema tenga capacidad real para verlo. Están viendo y no ven…

Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

RAA

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