Ahora que ya se empieza a hablar del proceso electoral del año que entra y que varios políticos empiezan a mostrarse de diferentes formas, buscando posicionarse en la mente de los electores, vale la pena analizar los motivos que pudieran tener varios de los aspirantes, pues de eso puede definirse el voto a favor o en contra que encuentren en los votantes.

En la vida pública vale la pena distinguir dos elementos de la conducta humana que son clave en los políticos: la ambición o la adicción, conceptos que ciertamente son completamente distintos, pero que, en el ejercicio del poder, exhiben mucho del perfil y comportamiento de quienes nos gobiernan.

De hecho, la ambición no necesariamente tiene una connotación negativa, pues es lícito que una persona tenga la ambición de alcanzar metas, tener éxito, reconocimiento, riqueza, etc., pues normalmente para tener eso hay que esforzarse y progresar. Cuando la ambición por gobernar nace de una causa noble o justa, es válida, pero el problema viene cuando esa ambición está centrada solamente en llegar al poder, sin importar los motivos que la sustentan.

Hay muchas personas que han estado o están en la política por la ambición al poder, sin tener el espíritu de servicio necesario para ubicarlas y centrarlas. Carecen de ese espíritu que les debe hacer saber que ahí están de paso, y que eventualmente tienen que regresar a la sociedad que sabe ganarse la vida en la calle, y no en la burocracia.

El verdadero problema viene cuando la ambición por el poder, sin anclas, se convierte en una adicción. La adicción al poder tiene una connotación negativa, pues genera una dependencia física, económica y psicológica que luego se convierte en conductas difíciles de controlar.

Lamentablemente, en los políticos, pasar de la ambición a la adicción representa una línea muy delgada y muchas veces no fácil de identificar, sobre todo cuando en los políticos hay ausencia de principios que les ponen los pies en la tierra. Es fácil identificar a los políticos que han caído en esta adicción; puede verse cuando se rinden culto a sí mismos, o en sus redes sociales, cuando empiezan a hacer el ridículo, o se ponen de filósofos reflexivos, o se asumen como la solución a todos los problemas.

Un político que llegó al poder por compromisos y apoyos condicionados, y mediante una carrera partidista que nunca le permitió enfrentarse a la dura realidad económica que significa vivir fuera del presupuesto, es un político que rápidamente va a generar una adicción y buscará aferrarse a la ubre del presupuesto público a como dé lugar.

Un político con la adicción al poder, al encontrarse con las adulaciones de las que será objeto y que están enraizadas en nuestra cultura lambiscona, pronto sentirá que flota por encima de nosotros, apoyado por sus asesores, choferes y asistentes, que, lejos de ayudarle, le dan coba para hacerlo sentir una persona con cualidades inexistentes.

En los políticos, una ambición desmedida se puede convertir en una adicción, sobre todo cuando se dan cuenta de que ya no hay manera de regresar a los orígenes, y que sienten o reconocen una dependencia económica de la nómina pública; en ese punto, los políticos son capaces de traicionar o de subordinarse hasta niveles indignos.

Apreciable lector, haga un ejercicio muy simple y analice a algunos políticos que nos gobiernan o representan, y determine quiénes tienen ambición o quiénes ya desarrollaron una adicción. Aquí, solo algunos nombres: Jorge Espadas, Libia García, Román Cifuentes, Alejandra Gutiérrez, Ricardo Sheffield, Malú Micher, Miguel Salim, Rosario Corona, Aldo Márquez.

Al final de este ejercicio podremos determinar si realmente nuestra clase política está ahí por la ambición de servirnos, o por adicción para servirse.

LALC