El problema de las administraciones socialistas electas democráticamente en Latinoamérica es que arruinan las economías. A diferencia de lo que sucede en los países desarrollados de Europa, los experimentos de gobiernos de izquierda, al tiempo, terminan reventando las cuentas públicas y el crecimiento.

Uno de los primeros ascensos fue el del Dr. Salvador Allende en Chile. Cuando ganó, a principios de los 70, impulsó la receta de repartir sin producir. En apenas tres años elevó la inflación al mil por ciento, porque el gasto público se disparó sin respaldo de la producción. De ser un país próspero, Chile pasó a la vergüenza de las colas para conseguir pan. Las amas de casa llegaban a los cuarteles con maíz, que tiraban a las entradas para hacer sentir a los militares que eran “gallinas” por permitir el hundimiento de su país. La bota del general Augusto Pinochet torció todo con un golpe de Estado que costó miles de vidas.

Cuba tenía rato de ser comunista cuando asesinaron a Allende, pero pudo sobrevivir con la ayuda de la Unión Soviética hasta que la caída del muro y la ausencia del patrocinio ruso la hundieron en la pobreza del “periodo especial” de los noventa. Luego vendría el salvamento que le dio Venezuela. La isla nunca prosperó y ahora está en la peor miseria, sin ayuda exterior. Suena aún más trágico que el gobierno quiera recurrir hoy al capitalismo para salvar la dictadura. Pudieron ver en China un ejemplo de cambio, pero jamás abandonaron sus dogmas castristas. El precio que pagan los cubanos es indecible.

En Argentina, el populismo de “izquierda” acabó con la prosperidad de una de las naciones más ricas del mundo en recursos naturales. Pasaron por periodos de hiperinflación porque el gobierno imprimía dinero para cubrir miles de compromisos sociales. Se endeudaron al límite, hasta que nadie más quiso prestarles dinero, hasta que Javier Milei llegó al rescate.

Venezuela fue otra tragedia. El país con más petróleo y gas en el mundo pasó también a la miseria después de la pésima administración de Hugo Chávez y luego de Nicolás Maduro. Ellos instauraron una dictadura “socialista bolivariana” que acabó con la economía. Hoy vuelven a la senda del crecimiento y la esperanza, aunque falta restablecer la democracia.

En Colombia, Gustavo Petro endeudó al país y lo dejó al borde de una crisis económica. Por fortuna, la alternancia trae la esperanza de que las cosas cambien. El descontrol del gasto público, pidiendo dinero prestado, y la pelea con Estados Unidos no fueron una buena receta para el exguerrillero.

No recordamos ninguna administración de izquierda que haya dejado buenos frutos en Latinoamérica, salvo la alternancia del ala moderada de la socialdemocracia en Chile. El problema de la izquierda tropical es que promete mucho, reparte más de lo que puede y se olvida del imperativo de producir.

En México, el gasto público creció descontrolado con Andrés Manuel López Obrador en gastos de obras improductivas, en la destrucción de obras vitales de infraestructura y en el reparto universal de pensiones. Todo lo financió con el aumento de la deuda pública de al menos 9 billones de pesos. Entregó el país con el doble de deuda que lo recibió. Si el país no ha reventado, es gracias al libre comercio impulsado por Carlos Salinas de Gortari. 

(Continuará)