Desde hace siglos, las ferias han sido mucho más que espacios de entretenimiento. Constituyen expresiones de identidad, puntos de encuentro comunitario, fomento a los productos locales y celebraciones colectivas. En ellas convergen cultura, comercio, tradiciones y el orgullo de pertenencia. Una feria con sentido fortalece la cohesión social; una feria sin propósito termina convertida en un espectáculo hueco.

Sin embargo, a partir del gobierno de Diego Sinhue, la Feria perdió su razón de ser y se convirtió en un ramillete de frivolidades. Así, aquella preinauguración fue un ostentoso evento entre amigos, con la participación de la cantautora española Natalia Jiménez.

La contratación de divos y conferencias elitistas, con costos dispendiosos, se convirtió en el leitmotiv del Consejo. En consecuencia, la renta de espacios comerciales la elevaron a precios impagables de más de diez mil pesos por metro cuadrado, que se repercuten al usuario; la ganadería, las artesanías y los productores locales fueron relegados a un papel secundario, mientras los reflectores se concentraron en la farándula.

Durante décadas, la Feria fue autosuficiente financieramente. No recibía subsidios del gobierno y generaba un flujo libre anual de operación de 55 millones de pesos a valor presente, con apenas una tercera parte de los activos que posee hoy. Los excedentes se destinaban a obras de beneficio social, como camiones para bomberos, construcción de aulas e infraestructura comunitaria… La fiesta popular conservaba así un equilibrio entre entretenimiento y utilidad pública.

Para dimensionar los subsidios a la Feria, basta revisar algunas cifras: Juan Carlos Muñoz recibió un abultado apoyo de aproximadamente 300 millones de pesos; David Novoa, aspirante a diputado sin haberse empolvado los zapatos, obtuvo 424 millones de pesos para cubrir el gasto operativo del evento; y la última edición recibió 180 millones de pesos.

Por supuesto, nadie cuestiona la recreación y el entretenimiento. Forman parte de la vida social. El problema surge cuando el entretenimiento deja de ser un complemento y se convierte en el objetivo principal de una institución creada para servir a propósitos mucho más amplios. Entonces, el brillo sustituye al contenido; el oropel, a la esencia.

Pero hoy, debido a una auditoría externa a los resultados de la Feria, promovida por el diputado Miguel Salim, la discusión ya no se limita al debate sobre prioridades, sino que alcanza señalamientos sobre un presunto desorden administrativo, de acuerdo con los datos que el propio Consejo rindió al H. Cabildo.

Sin embargo, el presidente del Consejo, Héctor Rodríguez Velázquez, disipó las dudas: en la cifra reportada como “récord de visitantes”, 6 millones 900 mil, se incluyeron visitas escolares, trabajadores, personal operativo, meseros, expositores, proveedores, periodistas e incluso artistas. En consecuencia, siete de cada diez no pagaban boleto.

La imprecisión del informe parece derivar de la competencia desmedida entre una novel generación de empresarios, obsesionados con exhibir cifras cada vez más espectaculares en función de sus aspiraciones políticas.

Asimismo, la regidora Dessire Ángel Rocha, de MC, presentó ante el Ayuntamiento una iniciativa de reforma al Reglamento de la Feria para fortalecer la rendición de cuentas, la venta de boletos, los criterios de contratación de espectáculos y la transparencia. Los leoneses quieren conocer con claridad las decisiones del Consejo de la Feria y el origen y destino de ingresos millonarios, porque se trata de un Organismo Público Descentralizado, no de un negocio privado.

Resulta igualmente preocupante que un evento que históricamente presumía autosuficiencia financiera ahora dependa de cuantiosos subsidios gubernamentales. Sus dirigentes provienen del sector empresarial, saben planear y ejecutar y, con los precios que cobran, resulta absurdo que aun así estiren la mano para pedir subsidios. La pregunta es inevitable: ¿es la mejor forma de financiar el bienestar de León? La ciudad enfrenta desafíos mucho más urgentes en materia de seguridad, infraestructura, movilidad y servicios públicos.

La cuestión de fondo sigue siendo la misma: ¿cuál es el propósito de la Feria? Si la respuesta es únicamente el Panem et circenses para distraer y adormecer la crítica ciudadana, entonces cualquier presupuesto parecerá insuficiente, porque en León existen muchas carencias sin atender. Pero si su misión es promover la actividad económica, fortalecer la identidad regional y generar beneficios tangibles para la comunidad, entonces cada peso invertido debe evaluarse conforme a esos criterios y no con los de la farándula.

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