Cuando alguien nace en Estados Unidos, tiene derecho a ser ciudadano norteamericano, sin importar la nacionalidad de sus padres. La Constitución lo establece en su enmienda número 14, primer inciso.
Donald Trump quiso pero no pudo subvertir la norma constitucional para impedir que los hijos de migrantes tuvieran derecho a la ciudadanía estadounidense. Hace unos 10 años leí que si dividiéramos el patrimonio público de Estados Unidos entre el número de sus habitantes, este podría superar los 500 mil dólares por habitante. Los mexicanos que brincaron la frontera y, a lo largo del tiempo, lograron la ciudadanía, o la residencia, adquirían ese pedazo del “sueño americano”. No es que tuvieran una tarjeta de crédito o dinero en el banco para disponerlo, sin embargo, cuentan con carreteras, aeropuertos, hospitales, bomberos, escuelas y universidades; cuentan con un sistema eléctrico y patentes acumuladas que hoy valen (trillions) billones de dólares.
Pedí a ChatGPT ese ejercicio de dividir el patrimonio actual norteamericano entre sus 349 millones de habitantes: el cálculo estimado fue de entre 800 mil y 1.2 millones de dólares por habitante. La cifra se duplicó en una década. Pero no solo son los bienes físicos y los servicios. También la calidad de vida en la mayoría de los estados y municipalidades. La seguridad que brindan el dólar y la fuerza pública, incluidos su ejército, su marina y su fuerza aérea.
La gente quiere emigrar al país más poderoso del mundo porque ofrece la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. En todas las ciudades fronterizas de México, es costumbre entre muchas mujeres “pasar al otro lado” para dar a luz y obtener la nacionalidad de sus hijos. Trump, al asumir su segundo mandato, vio estos beneficios para los extranjeros y no le gustó compartirlos. Lo que no vio, o no quiso reconocer, fue la otra parte de la ecuación. Los inmigrantes van por todo con una iniciativa y un deseo de salir adelante que nadie más tiene. Son el motor de su futuro, decía Bruce Babbitt, ex gobernador de Arizona.
Una estadística interesante es la que sitúa a los hijos de padres extranjeros entre los que más prosperidad alcanzan, ya sean chinos, indios, mexicanos o europeos. El hombre más rico del mundo y quien más riqueza genera es Elon Musk, nacido en Sudáfrica.
La riqueza de EU puede estimarse entre 300 y 420 billones de dólares; eso sin contar los bienes intangibles, como el conocimiento en las universidades, los centros de investigación y la cultura del esfuerzo cultivada durante 250 años. La meritocracia, heredada del protestantismo y del calvinismo, son parte del éxito de lo que hoy es el país más próspero y poderoso del mundo.
Con todo el amor que tenemos por nuestro México (y más aún cuando gana cuatro juegos seguidos en el Mundial sin aceptar goles), sabemos que sería mucho mejor cultivar una cultura superior en las nuevas generaciones. Buena parte de la desigualdad social proviene de no contar con un “piso parejo” para todos los nacidos en el país. Quienes nacen en los estados fronterizos con EU tienen muchas más ventajas que quienes nacen en Oaxaca, Chiapas, Guerrero o Michoacán. Los apoyos sociales bien focalizados ayudan mucho a mejorar esas oportunidades, pero no resuelven el problema del futuro. Sin crecimiento, sin seguridad, salud y educación (tareas fundamentales del Estado), a las próximas generaciones les atraerá más el calor de otros soles.