Hay termómetros con los que se puede medir la salud de la economía. La construcción es un indicador que casi nunca falla. Cuando crecemos, la obra pública y privada aumenta unas 2 o 3 veces más que el resto de los indicadores.
Otro marcador es la compraventa de bienes raíces. En una recesión o en un estancamiento como el que vivimos, los precios de los inmuebles y terrenos apenas mantienen su valor: decimos que es un tiempo de compradores porque la oferta supera la demanda.
Otro ejemplo: el año en que más se construyeron casas durante la pasada década fue el 2016, con 264 mil. Una tragedia se dio en la vivienda popular, que pasó de 180 mil en 2016 a solo 30 mil el año pasado, el peor nivel desde que tenemos memoria. A la 4T le interesó más invertir en remediación social inmediata que en poner cimientos para el futuro. Funcionó en la primera elección que ganó desde el poder en 2024, con 35 millones de votos; dudamos que tenga el mismo éxito en 2030 si no crecemos.
Ahora el gobierno, a través del Infonavit quiere resolver el problema, pero es poco probable que logre alcanzar la meta fijada de 1,8 millones de viviendas populares. Serían 300 mil por año. Por lo pronto van retrasados. Octavio Romero, quien dirige la institución, obtuvo el peor resultado económico en la gestión de Pemex durante la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Bajo sus narices, se desató la crisis histórica de la explotación de crudo y las pérdidas convirtieron a la paraestatal en la peor petrolera del mundo. El agrónomo, amigo de AMLO, no tenía ni la experiencia ni la competencia para gestionar la complejidad de las metas propuestas. El tiempo nos dirá si tenemos razón o no en nuestra apreciación de su desempeño.
Si el Congreso hubiera dividido los apoyos sociales entre vivienda y pagos en efectivo,y si hubiera focalizado la urgencia de quienes están en pobreza extrema y no la universalidad de apoyos que se escurren entre millones de manos que no los necesitan, no faltaría dinero para construir vivienda.
Si aterrizamos el modelo en Guanajuato y hacemos cuentas de lo que se podría construir con los 30 mil millones —o más— que el gobierno va a dispersar con su tarjeta rosa, veríamos obras para al menos 50 mil casas. Dinero que sería recuperado mediante réditos públicos y sociales. Tendríamos un crecimiento anual del 5% o más. El problema es que en el PAN dejaron de creer en sus principios por miedo a perder las elecciones. Incluso hay quien piensa que Libia García no habría triunfado sin el apoyo de las “tarjetas rosas”. Difiero de ese juicio. El PAN en Guanajuato podría tener el mismo éxito que el PRI en Coahuila si lograra reducir la violencia en un 90%, como lo hizo Rubén Moreira.
Recuerdo que Humberto Moreira apalancó su estado con una deuda de 36 mil millones de pesos de hace dos décadas. La oposición se lo comía vivo porque había dejado una deuda enorme. Lo que no veían era que el gobernante había construido la obra pública más importante de la historia de Coahuila. Hoy la deuda a largo plazo de ese estado sigue siendo nominalmente la misma, pero la entidad creció mucho más que sus pasivos. Valdría la pena comparar lo que sucedió en Coahuila en los últimos 20 años, con deuda, con Guanajuato, con ahorros de viuda en los bancos.