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«Ojalá tuviera frases desconocidas en una nueva lengua nunca usada, en lugar de la rancia en la que hablaban los antiguos», reza, según cita Dolnick en su extraordinario libro, un antiguo papiro egipcio que descansa actualmente en el Museo Británico. Aunque pareciera escrita en nuestro tiempo, la lengua rancia a la que se refiere debió hablarse hace más de 4,000 años, pues el documento fue escrito hacia el 2.000 antes de Cristo. Mucho antes que Homero, acota el autor. 

Más de un millar de años antes del Filobiblión de Ricardo de Bury, los egipcios elogiaban a aquellos que “«crearon la escritura en el principio» y de ese modo «hicieron que empezara la memoria». Gracias a ese don divino, «el heredero habla con sus ancestros» y «los amigos pueden comunicarse cuando el mar los separa, y un hombre puede oír a otro sin verlo»”. Y durante más de mil trescientos años, esos pensamientos tan humanos estuvieron cubiertos por el más oscuro de los olvidos. Los jeroglifos dejaron de utilizarse hacia el siglo V después de Cristo. Por tanto, no sabíamos cómo funcionaba su sistema de escritura y tampoco teníamos idea alguna de cómo se hablaba.  

Hasta que llegaron Jean-François Champollion y Thomas Young. O mejor, hasta que a finales del siglo XVIII Napoléon convenció a los franceses que sería un gran negocio invadir Egipto para sacar a los ingleses. Con tropas y científicos, estos últimos con posterioridad se llamarían pomposamente egiptólogos, el Corso desembarcó en Alejandría y derrotó a los mamelucos. Luego, Nelson hundió la flota francesa y Napoleón tuvo que regresar con el rabo entre las piernas para dedicarse a guerrear por tierra en Europa. Tanto sus savants como el resto del ejército quedaron a expensas de la pérfida Albión. Por ello, la famosa piedra Rosetta, clave en toda esta historia, se encuentra en el British Museum. Bueno, lo que sigue es tan largo como fascinante y Dolnick supo contarlo con una calidad difícil de superar. 

En una era de genios, Newton y Leibniz, verbigracia, inscribe y reivindica a Thomas Young, quien dio con una de las primeras claves. Asumiéndolo como un hobby, encontró las inscripciones en la piedra que correspondían a los nombres Tolomeo y Cleopatra. Pero su razonamiento tomó caminos equivocados que sólo Champollion, obsedido desde la infancia por descifrar la lengua del Egipto antiguo, supo eludir para llegar al gran descubrimiento, y llevarse todo el crédito (merecido, en verdad). 

La escritura de los dioses me parece un libro maravilloso para quienes deseen viajar en el tiempo y en las lenguas, remite además al desciframiento de otras escrituras como los códices mayas, el lineal b y las tablillas cuneiformes. Así pudimos volver a escuchar a los muertos, a conocer sus secretos y aspiraciones. Y créanme, no diferían tanto de las nuestras.

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com 

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