Érase una vez una señora, como suele haber muchas, que contaba con tres perros muy bonitos: “El Coloso”, un dóberman de tres años, negro imponente, de apariencia feroz, pero al decir de su dueña tan “mansito”, obediente e inofensivo, un animal doméstico. “El Argos”, un pastor alemán, inquieto y juguetón, ladrador y escandaloso. Y, por último, “El Corsario”, un bóxer manchado de la frente y del pecho, debidamente preparado (por no decir mutilado) por un veterinario experto, dizque para darle “belleza y porte”, pero, en fin, sin la mitad de sus orejas y sin cola.
Cierto día, al acudir a llevarles de comer, aún no terminaban cuando empezaron a reñir entre sí por una buena pieza de carne; y pese a que les ofreció más comida, toda la que ellos quisieran, sin hacerle caso continuaban en su lucha; entonces, al tratar de apartarlos, pues ya estaban causándose daño, inexplicablemente y cegados por la furia del momento, desconociendo totalmente a su ama, y más que eso, a su protectora fiel, a quien más los amaba en la vida, a quien desde muy pequeños los había cuidado igual o mejor que a sus hijos, a quien prefería quedarse sin alimento para dárselo a ellos, a quien les procuraba más atención médica que a ella misma, repentinamente la estaban atacando, mordiéndole uno un brazo, una pierna el otro, y el tercero, sin poder asirle una parte de su cuerpo, habíale destrozado totalmente la ropa, la pobre mujer sorprendida no tuvo otra alternativa que gritar y gritar.
A sus ayes y llamados de auxilio, asistió inmediatamente su esposo, quien al mirar la escena quedó sorprendido, pero reponiéndose de la sorpresa, cogió un trozo de tubo a manera de garrote y gritó: ¡Argos, Corsario, Coloso!
Al instante los canes soltaron a su presa, quien se incorporó difícilmente y en un estado lamentable, aún sin lograr creer lo ocurrido.
Después del suceso y su convalecencia, pasó días enteros pensando en las recomendaciones de sus hijos y amigos, y en las exigencias de su esposo para que mate, venda o regale a los infames animales que osaron herirla.
Sin embargo, ella no se lamentaba ni por el dolor de las heridas, sino que su preocupación radicaba en el hecho de tener que reconocer ante los demás que aquellos animales no merecían ni el más mínimo cuidado de ella, ni atención, y debido a ese hecho, aun cuando sí lo admitiera, no se sentía capaz de retractarse de sus conceptos vertidos durante años, desde muy niña, casi su vida entera: “el perro es el mejor amigo del hombre”, su participación en el foro “contra la crueldad a los animales”, su premio especial obtenido apenas hacía dos años antes por su labor a favor de los perros.
Y, no obstante, estaba segura de una cosa, ¡y tenía que admitirla!: después de aquella acción de sus queridos “amigos”, lo menos que sentía era un deseo de venganza. Pero no podía ejecutarla de ninguna manera que se notara su participación o la de cualquier otra persona, que deteriorara su propia relación con los canes y repercutiera en su prestigio social, derrumbándola por completo del pedestal en que se encontraba.
Tenía que encontrar la forma de llevar a cabo su desquite sin que siquiera supiera su propia familia, o incluso llegase a sospecharlo, pues ellos serían los primeros en ya no creerle sus posturas asumidas hasta ese momento y terminaría por acceder a renunciar a sus ideas, conceptos (a los que de hecho ya había renunciado intrínsecamente) y lo más importante, a su imagen con los demás, su status social y el lugar que hasta ese entonces había logrado.
La única forma de castigo sería a través de un animal, otro perro, pero ¿cómo llevar un perro a la casa para tal fin? ¿o accidentalmente? no, se despertarían sospechas; pero no, además a través de otro ser humano o animal, la venganza no satisface igual como cuando es de propia mano.
Pero lo más singular es que precisamente aun cuando aparentemente su rencor contra sus canes fuera mucho, no era como para exterminarlos, simplemente un castigo y a la vez un desahogo, para mantener un valor mayor y continuar su benéfica existencia, a favor no sólo de perros, sino de todos los animales; ello no le significaba ninguna maldad.
Con ese motivo se decidió a pedir fervorosamente, con suma devoción, elevando rezos y oraciones a San Jorge y San Antonio Abad, patronos y protectores de los animales, que la comprendieron y sobre todo la ayudaron en su trance de confusión, dando así respuesta a sus ruegos.
Por otro lado, también llegaba a concluir que el hecho de no proceder de ninguna manera en contra de sus perros o con represalias constituiría un verdadero ejemplo de amor al prójimo, a los animales, a los seres vivos, a la naturaleza misma; sus familiares, amigos y correligionarios lo alabarían y sería motivo de imitación.
Por fin, un buen día, sus ruegos fueron escuchados y atendidos por los santos de su devoción y no solamente la comprendieron, sino que, estimando sus méritos anteriores, le fue iluminada su solución convirtiéndola en un bello ejemplar canino de raza bull, fuerte y especializado en la pelea.
Ya transfigurada, pero con su misma conciencia, de inmediato entendió el mensaje y la intención de la divinidad, por lo que se encaminó hacia el lugar donde se encontraban Coloso, Argos y Corsario; al instante se lanzó sobre ellos, agrediéndolos de tal forma que no los dañara de muerte y solo después de algunas fracturas o desgarres, sintiendo que había sido suficiente, regresó a sus habitaciones donde nuevamente se transformó en la señora de siempre; bondadosa, tierna y amorosa con sus canes.
Del libro: “Los Corruptos Menores y Otros Cuentos”. Paulino Lorea. Universidad Iberoamericana. Año 2005.