Irapuato, Guanajuato.- En medio del ajetreo diario y las prisas de la ciudad, existe un espacio donde la comida se convierte en alivio, compañía y esperanza. Se trata del comedor Mamá Margarita, un lugar impulsado por padres salesianos que, desde hace ocho años, abre sus puertas para alimentar a quienes más lo necesitan.
Ahí trabaja con dedicación Moisés Ortega, quien cuenta con orgullo cómo este proyecto ha crecido gracias a la solidaridad de la comunidad y al espíritu de servicio que lo sostiene. Se ubica al lado del templo de San Juan Bosco, en la avenida Díaz Ordaz de la colonia Niños Héroes en Irapuato.
Cuando el comedor inició operaciones, señaló, apenas atendía a siete personas al día. Hoy, después de años de esfuerzo y especialmente tras la pandemia, el Centro Mamá Margarita prepara alimentos para entre 70 y 80 personas diariamente.

Muchas llegan para comer ahí mismo, y otras llevan una porción extra para sus familias: hijos, padres o hermanos que también dependen de ese apoyo. “Se nos disparó en pandemia y, desde entonces, seguimos en ese promedio”, recuerda Moisés, quien se encarga de coordinar, junto con los voluntarios, el funcionamiento del lugar.
“Lo hace por altruismo”
El servicio comienza alrededor de las 11:45 de la mañana. No hay requisitos, trámites ni cobros: basta con llegar y formarse. El comedor permanece abierto de martes a viernes y ofrece una comida completa, preparada con los insumos que donan personas generosas de la comunidad: arroz, frijol, aceite y todo lo necesario para cocinar.
Los padres salesianos cubren los gastos de luz, gas, agua y mantenimiento, mientras que Moisés trabaja ahí como parte del equipo formal del centro.
La mayoría del personal que sirve los alimentos lo hace por puro corazón. Uno de los ejemplos más entrañables es Sandra Patricia, voluntaria, que lleva siete años apoyando al comedor.
Empezó asistiendo un día a la semana, pero cuando la pandemia desintegró varios grupos de apoyo, ella y otra voluntaria extranjera decidieron cubrir más días para que el servicio nunca se detuviera”, explicó Moisés Ortega.

Desde entonces, Sandra ha llegado a estar presente casi los cuatro días de atención semanal. “Lo hace por altruismo”, dice Moisés, reconociendo el compromiso y la entrega que caracterizan su labor.
Que nadie se quede sin un plato
Aunque la afluencia diaria es variable, el equipo del comedor Mamá Margarita se esfuerza porque nadie se quede sin un plato. En los días con más demanda, el alimento llega a agotarse, y cuando aparece alguna persona tarde, “despistada”, como dice Moisés, el equipo siente tristeza de no poder ofrecerle comida caliente.
Aun así, buscan dar siempre algo: una fruta, un enlatado o lo que tengan disponible, porque la misión es ayudar, no dejar ir a nadie con las manos vacías.

Mamá Margarita es más que un comedor: es un punto de encuentro, un apoyo constante y una prueba viva de que la solidaridad se multiplica cuando se hace en comunidad.
Gracias a los padres salesianos, a donadores anónimos, a voluntarios entregados y a personas como Moisés Ortega, este lugar continúa siendo un refugio para decenas de familias que encuentran en un plato de comida un respiro y un gesto de humanidad.
Un espacio sencillo, cálido y profundamente necesario, donde cada día se cocina mucho más que alimento: también sirve de esperanza.
SS