Historia 224
Esta es la historia 224 de 450 que te contaremos sobre León
El 20 de enero hasta las clases se suspenden, el 2 de junio lucha contra el olvido. Por supuesto que es injusto, porque el título de Ciudad de León de los Aldamas significó un doble reconocimiento histórico.
Por un lado, se subrayaba la importancia de León en el contexto del Estado de Guanajuato, tanto por el número de habitantes como por su producción y contribución económica a la entidad. Oficialmente ya era la segunda ciudad más grande y relevante de la entidad.
Pero principalmente, era una manera de distinguir la aportación de León a la lucha de Independencia, ya que los nombres de los primeros héroes patrios fueron reservados por las autoridades guanajuatenses solo para el pueblo —elevado a villa— de Dolores (Dolores Hidalgo, 1824), para San Miguel (San Miguel de Allende, 1826) y León de los Aldamas, en 1830.
Los hermanos Aldama
Contrario a la creencia popular, no era el punto si los hermanos Aldama eran oriundos de aquí o si uno de ellos por lo menos tenía relación con León (Ignacio Aldama, oriundo de San Miguel, fue esposo de la leonesa María Josefa Marmolejo y llevaba negocios en esta villa). Lo que se reconocía era el papel de los leoneses tanto en el comienzo de la guerra, como en la consumación de la Independencia.
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Al inicio de la gesta libertaria, las milicias de la intendencia de Guanajuato se dividieron. Las fuerzas de la capital y las de Celaya permanecieron leales a la Corona española. Los dragones de San Miguel, comandados por Ignacio Allende —con él estaba Juan Aldama— y los de León, con Manuel de Austri al frente, se unieron al cura Miguel Hidalgo desde el inicio y con él combatieron hasta la muerte. Fueron los primeros soldados insurgentes.
A la par, es menester recordar que Guanajuato fue la primera entidad que se declaró libre y soberana desde marzo de 1821 y de León partió Agustín de Iturbide con el Ejército Trigarante para convencer o vencer al resto de la Nueva España. Más aún, los cabildos de Guanajuato, San Miguel y León fueron los primeros en todo México en jurar la Independencia desde julio de 1821.
Por eso, el decreto del 2 de junio de 1830 no es un hecho anecdótico: fue la certificación de una categoría que León buscaba y merecía desde mucho tiempo atrás, pero también la distinción de la ciudad como un bastión de la libertad.

Así era León cuando se convirtió en ciudad
Sin embargo, no hay un registro puntual de la situación que guardaba León en ese histórico momento. A primera vista no parecería existir mayor diferencia entre la villa novohispana de principios de siglo con la ciudad que estrenaba el título casi llegando al primer tercio del XIX.
Todo era heredado de la Nueva España: la Parroquia y el humilde convento con su longeva huerta; a su lado el mesón Libertad convertido de facto en eterno cuartel. La sede del Cabildo junto a la pequeña alhóndiga al poniente del actual portal Guerrero, la cárcel frente a la plaza principal sin jardín. El Ojo de Agua llevaba siglos abasteciendo a casas y huertas. La plaza de Gallos tenía décadas abierta y solo funcionaba el panteón de La Soledad.
Ya existían los barrios de Arriba y de San Juan de Dios, los pueblos de San Miguel y del Coecillo, este último conectado por el único puente que cruzaba el río de los Gómez. Esa era entonces la entrada principal de León de los Aldamas.
Una ciudad que cambiaba
El hecho más importante entre un régimen y otro, fue la partida de los frailes juaninos, ya que las órdenes monásticas españolas fueron disueltas en 1820.
Esto propició que el hospital de San Juan de Dios, que atendieron los religiosos durante 200 años, quedara en manos de las autoridades civiles a partir de 1824.

Pero el cambio más significativo no estaba en las piedras, sino en la gente. Antes de estallar la guerra de independencia, más de la mitad de los leoneses vivía y trabajaba en el campo. Se calcula que en la villa y sus pueblos había unos 22 mil habitantes y otras 25 mil personas se repartían entre las más de 50 haciendas y ranchos. Toda esta región era un emporio agrícola.
Aumentaban los telares
En 1810 ya existían los gremios de curtidores y zapateros, pero iba creciendo muy notoriamente el número de telares —más de 500— y se estimaban “6 mil individuos” dedicados a la producción de hilados, paños, mantas, frazadas y rebozos, según se explica en el artículo “La villa de León en el ocaso virreinal”, publicado en el número 92 de la revista Tiempos.
Para 1842, según datos de don Marcial Pacheco, hombre ilustrado y estudioso de la época, León tenía ya 80 mil habitantes, esto es, casi el doble en apenas tres décadas. Podría parecer exagerado, pero otro dato citado por él en su obra “León en 1842. Estudio Histórico-Geográfico”, permite vislumbrar la dinámica de la ciudad en esos años: justo en 1830 se calculaba que la industria textil leonesa empleaba a unas 16 mil personas. Eran casi el triple que veinte años atrás.
En pocas palabras, en León había dinero para invertir y trabajo que ofrecer. Ese debió ser un poderoso imán para atraer nuevos capitales y mano de obra de los pueblos vecinos y otras regiones, como los Altos de Jalisco. Toda esa gente fue poblando el Barrio Arriba hacia el río, hizo crecer al nuevo barrio de Santiago y fue transformando las huertas de San Juan de Dios en humildes caseríos y talleres de rebozos. Así que justo cuando vino el decreto que nos hacía ciudad, León era rebocero. La industria del cuero estaba a la baja.

Educación, obras públicas y modernización
Si de los primeros años del México republicano había poco que presumir, coincidentemente o no, a partir del título de ciudad se estrenó la primera escuela oficial para niños y en adelante la educación sería prioridad. Diez años más tarde ya existían casi una decena de escuelas públicas para niños y niñas.
En los años treinta del siglo XIX se echaron a andar proyectos como la Calzada de los Héroes y un gran puente para configurar una nueva entrada a la ciudad y otro puente para unir el paseo del Ojo de Agua con el Barrio Arriba. Se puso en marcha también el sistema de “serenos” para iluminar y vigilar las calles, las cuales fueron empedrándose paulatinamente.
El impulso que transformó a León en potencia industrial
Pero más aún, vino aquella legendaria intervención de Julián de Obregón, a la sazón jefe político de la ciudad, para traer maestros artesanos de Puebla que capacitaran a los trabajadores leoneses las artes y oficios de la piel, a la par de refaccionarlos con los bancos de acabado. Aquello terminó por cambiar la historia de la ciudad, que se convirtió en un enjambre de talleres familiares y revivió la curtiduría.

Medio siglo después, León tenía palacio municipal, catedral y seminario, mercado público, hospicio y asilo, fábricas y almacenes comerciales, casa de diligencias y recién se estrenaba el majestuoso teatro. Y estaba en obras el ferrocarril, que a su vez propiciaría el nacimiento del transporte público. León de los Aldamas ya no era solo ciudad, tenía un título nuevo: era la segunda ciudad más grande del país.
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