Hace algunos años viajamos a Miami para asistir a una conferencia de medios. Desde que llegué al aeropuerto internacional, solo escuchamos la suave cadencia del acento cubano. En un hotel de Coral Gables, todos los empleados hablaban español. Pasaron tres días de trabajo y me sorprendió cuando, de regreso al aeropuerto, un taxista alto y rubio puso el equipaje en el maletero sin decir palabra; cuando llegamos, después de un largo silencio, pidió el pago en perfecto español.
En Miami hay 1.6 millones de habitantes de origen cubano y en todo Estados Unidos suman unos 3 millones. Lo que producen es unas 20 o 30 veces lo que logran los 8.5 millones de cubanos que aún viven en la isla. Muy pronto tendrán que regresar a salvar a sus familiares y amigos, varados en la miseria del último año del comunismo tropical. Porque no tarda la dictadura en caer. Puede ser de manera ordenada, en un acuerdo con Donald Trump, o tumultuosa, con una rebelión interna imposible de reprimir.
Los dirigentes cubanos se convirtieron en cleptócratas; parte del petróleo que les subsidiaba Venezuela lo vendían en el mercado abierto para hacerse de dólares; es probable que hicieran lo mismo con lo que envía México. La trata de médicos y los servicios de inteligencia que daban a países de izquierda también llenan las bolsas de los militares. En Cuba no hay lucha de clases porque solo existen dos: una clase, los altos mandos del Partido Comunista y del Gobierno, y la otra, todos los demás, quienes dependen de su libreta de racionamiento para malvivir.
Si no llega petróleo a Cuba, en menos de un mes el país entrará en una espiral, en una barrena económica que solo encontrará remedio con la ayuda de Estados Unidos y la participación activa de los empresarios cubanos. Si cambia el régimen, llegaría un torrente de inversión para restaurar las ciudades, las plantas de energía y la agricultura. De inmediato podrían aprovecharse los bienes raíces para usarlos como colateral de créditos a largo plazo del Banco Mundial, del FMI y de algún consorcio de países, ahora sí, solidarios con el pueblo cubano y no con sus opresores.
Se abrirá una cárcel de horrores, donde se destruyeron los valores más importantes del ser humano como la libertad y la voluntad. Tendrá que haber un proceso de capacitación intensa para toda la población que vivió décadas de adoctrinamiento comunista. Siempre que termina un régimen totalitario, comienzan las desigualdades naturales de cualquier sociedad. Habrá emprendedores y trabajadores esforzados que lucharán por superarse a cambio de un mejor destino. Habrá gente que quedó dañada por la codependencia con el gobierno que les hizo daño en la mente.
Muchos cubanos en el exilio verán las enormes oportunidades que tiene la isla caribeña, como las que tenía antes de la Revolución. Sus playas son una oportunidad enorme para desarrollos turísticos; sus ciudades como La Habana, reconstruidas, tendrán el mayor atractivo para inversionistas. La gente, al recuperar la alegría tradicional del cubano, verá un renacimiento inmediato de la esperanza en tiempos prósperos.
Lo mejor: la libertad hará maravillas con la creatividad de sus habitantes, esa que convirtió viejos autos Chevrolet de los 50 en vehículos icónicos de paseo para los turistas. Esa libertad será una vacuna para México, que nos libere de aventureros como Fidel Castro y el Che Guevara, quienes construyeron una sociedad para el fracaso, basada en dogmas y mentiras. Pronto lo veremos.
Precisión. Ayer en nuestra columna mencionamos: tan solo imaginar la vida sin electricidad durante 20 horas o tener que hacer cola durante horas, como lo hacíamos en diciembre de 2019, hace temblar la voluntad de cualquiera. Lo correcto es enero de 2019.