Como cada 12 de diciembre, numerosas peregrinaciones recorrieron calles y carreteras del país como parte de los tradicionales festejos para la Virgen de Guadalupe y, como también es tradición, fueron escoltadas por mentadas de madre de ciudadanos que levantaron el puño al cielo enfurecidos por el ruido, la contaminación y los embotellamientos que derivan de la celebración.

La Virgen del Tepeyac es probablemente el símbolo más mexicano que existe. Encarna el sincretismo que dio origen a la nación, no solo religioso sino también social y cultural. Su imposición europea fue matizada inevitablemente por el carácter prehispánico de las comunidades originarias y las particularidades de la población mestiza; rasgos que permanecen, más o menos, desde su origen colonial hasta la fecha.

Una vez consumada la Independencia en 1821, algunos que pretendían evitar que la incipiente nación se les desmoronara como mazapán entre las manos buscaron un elemento de cohesión e identidad nacional. Ante la diversidad de culturas, tradiciones, idiomas e ideologías, optaron por la Guadalupana, que para entonces ya era parte indiscutible de la cotidianidad social.

De acuerdo con el INEGI, en 2010 poco más de 84 millones de mexicanos profesaba el catolicismo, indiscutible mayoría si tomamos en cuenta que el mismo organismo contabilizó más de 119 millones de paisanos hasta 2015. Algunos dicen que hay más guadalupanos que católicos en este país.

La controversia es complicada. Cierto es que las peregrinaciones y festejos a la Morenita provocan contaminación. Desde desechos sólidos (alrededor de 500 toneladas tan solo en las inmediaciones del a Basílica en CDMX) hasta la originada por la tronadera de cuetes cuyos principales detractores son los dueños de mascotas y amantes del sueño sin interrupciones.

No obstante que comparto dicho reclamo, la solución no parece ser tan simple como lo presentan las quejas en redes sociales: “que dejen de tronar cohetes”. Principalmente porque comunidades enteras, desde hace años, se dedican a la fabricación artesanal de fuegos artificiales. Situación distinta a la basura desperdigada sobre las calles, cuya respuesta radicaría en el ejercicio básico de responsabilidad ciudadana: “No seas puerco. Tira la basura en su lugar”, dicen los letreros en combis, adornados con un tierno cerdito.

Las interrupciones a la circulación vehicular y los cierres de calles y avenidas son también motivo de exasperación para algunos. Señalan vulneración al derecho de movilidad, además de la apropiación y hasta secuestro de los espacios públicos, que pues… eso son: públicos.

Tal cosa significa que están a disposición de pobladores en general. Aquí es donde nos enfrascamos en otra controversia: el derecho de unos al libre tránsito y el de otros por expresar libremente su fe y tradiciones.

Al respecto, prefiero mantener el carácter público de los espacios, que bien pueden compartirse. Tampoco es que la celebración dure un mes, ¿no? No vaya a ser que después el derecho de automovilistas atropelle, verbigracia, al de manifestantes de alguna causa social.

Por otra parte y para no variar, el 12 de diciembre es una oportunidad más para agitar la discriminación y el clasismo tradicional mexicano (del que tenemos pa’ventar pa’rriba). Una de las quejas más populares en redes sociales es por la música que, aseguran, escuchan los guadalupanos: banda, ranchera o reguetón.

Tal parece que a la policía del buen gusto en celebraciones le parece inapropiado o “naco” disfrutar del festejo con música de su entero gusto, nomás porque a ellos no les nace lo de la zapateada, supongo. Así como también les parece tremenda exageración caminar kilómetros con su figura, cuadro o representación a cuestas. El guadalupano habría de ser minimalista en vez de barroco, los imagino decir.

A estas alturas habrán notado el personal afecto que tengo a esta celebración (aun sin ser creyente), y es que desde hace tiempo la considero una de las expresiones más francas de la mexicanidad. Principalmente por el fervor y la diversidad en sus formas.

Especialmente disfruto una imagen común en 12 de diciembre: sobre la carretera encuentro no pocas mesas con mujeres y hombres que atienden peregrinos. Ofrecen comida y agua, sin costo. “Que lleguen con bien”, dice una de ellas a una pareja de ancianos a quienes obsequió tamales y atole. La Virgen de Guadalupe encarna y promueve algunas de las mejores características de los habitantes de este país.

El 20 de septiembre del año pasado en la colonia del Estado de México en la que vivía entonces, desde muy temprano, un grupo de conductores de transporte público acompañados por sus familias empaquetaba ropa, alimentos y medicinas que llevaron en sus combis a Morelos, Puebla y Xochimilco, zonas afectadas por el sismo del día anterior.

Una de las mujeres que organizó la colecta y su hija pequeña, antes de cerrar las bolsas colocaban una estampa de la Virgen de Guadalupe en cada una a manera de mensaje para aquellos que las recibían, uno de ayuda y solidaridad, me parece.

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