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Es lamentable que, en lugar de celebrar con auténtica gratitud, se haya obligado a los docentes a aportar 500 pesos para el festejo del director de Telesecundarias, Hazael Oviedo Terán. Este tipo de “cooperaciones” forzadas, acompañadas de presiones y promesas laborales, representan un uso indebido del poder y no verdadero reconocimiento al trabajo educativo. Quienes impulsan estas prácticas olvidan que la dignidad del magisterio no se sostiene con imposiciones ni favores.
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Inaceptable que un alcalde, como Enrique Estrada de Tetepango, esté envuelto en acusaciones tan graves como la agresión a su propia esposa. Quien debería ser ejemplo de respeto y autoridad moral, hoy enfrenta señalamientos que manchan su imagen y la del cargo que representa. Si los hechos se confirman, su separación del puesto no solo sería necesaria, sino una muestra mínima de coherencia con los valores que todo servidor público debe defender.
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Parece que en Actopan la seguridad pública ya cambió de manos y ahora quienes patrullan son los propios vecinos. Mientras la alcaldesa Imelda Cuéllar presume “orden y resultados”, los ciudadanos tienen que organizarse para hacer el trabajo que le corresponde a su gobierno. Si las patrullas llegaran con la misma rapidez con que se difunden los comunicados oficiales, quizá los “Vecinos Vigilantes” podrían volver a dormir tranquilos.
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La suspensión de clases y otras medidas de prevención en Hidalgo refleja la oportuna coordinación del gobierno de Julio Menchaca para proteger a la comunidad ante las condiciones meteorológicas. Las acciones preventivas, respaldadas por la SEPH y Protección Civil, son compromiso real con la seguridad de estudiantes y familias. La ciudadanía debe responder con responsabilidad, atendiendo las indicaciones oficiales y priorizando el resguardo frente a lluvias, vientos y heladas.
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Vaya logro el del gobierno de Omar Fayad: conseguir que el puente atirantado de Pachuca sea tema de nivel nacional por llevarse el antipremio Robert Moses como la peor infraestructura del país. No cualquiera logra convertir una obra millonaria en vergüenza de grandes proporciones. Lo más triste es que ni el ridículo público ni los accidentes parecen ser suficientes para que los responsables reconozcan que ese monumento al despropósito urbano no sirve ni para cruzar la calle con seguridad.
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