El domingo dejó algo más que noticias en Pachuca. Dejó una sensación que no conocíamos: la de mirar nuestras propias calles con desconfianza. No es exageración. Pero el hecho de que padres de familia decidieran no enviar a sus hijos al colegio y quedarse en casa por si algo ocurría, ya fuera por prudencia o por miedo, fue una cruda realidad que no esperábamos vivir nunca.

Y en medio de la zozobra colectiva, pudimos observar una rueda de prensa transmitida en redes sociales que terminó sintiéndose como un trámite para cumplir con el protocolo.

Lo más desconcertante no fue lo que se medio dijo, sino lo que ocurrió en los comentarios: Felicitaciones, aplausos, reconocimientos inmediatos a una estrategia que nadie había terminado de entender, comentarios repetidos, tonos idénticos, destacando “el trabajo en equipo”, “la colaboración entre las instancias correspondientes”, una frase super gastada y engañosa, en un momento crítico la narrativa digital parecía más preocupada por calificar la gestión como “acertada” que por escuchar la incertidumbre ciudadana.

Y eso, indigna.

Porque mientras la transmisión acumulaba elogios, entre la gente se acumulaban preguntas. ¿Qué tan preparados estamos?, ¿Qué protocolos existen?, ¿Qué tan real es la presencia de grupos delictivos que durante años se dijo que aquí no operaban?, y lo único que obtuvimos fue el intento

de administrar la percepción.

Y ahí es donde la credibilidad (ya de por sí mala), vuelve a romperse con un mal manejo de todo.

Porque la deficiente administración de la información termina por ofendernos como ciudadanos.

No porque exijamos perfección, sino porque sentimos que ni creen en lo que dicen ni les importa lo que estamos viviendo. Hoy por hoy, vale más la foto, la imagen, el encuadre correcto, que la profundidad de las acciones emprendidas.

Palabras vacías como mecanismo de contención. mensajes incompletos como estrategia para tranquilizar no a la delincuencia, sino a la gente. Y eso no es lo mismo que gobernar.

Resulta triste que, en un momento que exigía altura, sigamos escuchando declaraciones superficiales, frases hechas, intentos de minimizar lo evidente. Más lamentable aún es la sensación de que se actúa como si nada estuviera cambiando, como si lo ocurrido no marcara un antes y un después.

La confianza no se construye con transmisiones llenas de aplausos digitales. Se construye con transparencia, con reconocimiento del riesgo y con acciones que se puedan ver y medir.

Mi generación hoy no piensa en discursos. Piensa en sus hijos. En la ciudad que heredarán. En si tendrán que aprender a normalizar el miedo. No queremos eso ni lo merecemos.

Lo acontecido no solo puso a prueba la seguridad, puso en cuestión la capacidad real del Estado para sostener el orden y paz social y evidenció los límites de la estructura gubernamental.

Durante años, los gobiernos de Hidalgo se asumieron como afortunados por no padecer lo que otras entidades enfrentaban a diario. Esa narrativa de excepción terminó convirtiéndose en zona de confort.

En lugar de consolidar lo que funcionaba y anticiparse a escenarios más complejos, pareciera que se bajó la guardia. Se optó por la presencia protocolaria en actos de bajo impacto, por la foto, por cumplir una agenda que no sirve de mucho, mientras lo estructural queda sin fortalecerse. Se capitalizó lo que ya estaba construido, pero no siempre se le dio continuidad.

No se profundizó. No se blindó. Se desecho lo útil con tal de eliminar todo rastro de gobiernos anteriores, en donde hubo trabajo, gente organizada, planes y proyectos en beneficio de la gente, pero cuando una administración se conforma con administrar la inercia, lo que se pierde no es solo ritmo sino la capacidad de respuesta y exhibe la falta de conocimiento y la idea de cómo dirigir.

Que lo ocurrido no vuelva a registrarse. No por conveniencia política, no por imagen pública, sino por amor genuino a Hidalgo.

Porque este estado ha sido refugio para muchas familias que llegaron desde otras ciudades escapando justamente de eventos como el que ocurrió en nuestra entidad y dio muestra de la fragilidad institucional frente a escenarios que creíamos lejanos. Aquí encontraron tranquilidad, comunidad, una vida posible sin el sobresalto constante.

Hidalgo no es tendencia ni transmisión en vivo. Es la escuela de nuestros hijos, el negocio familiar que abre cada mañana, la plaza donde todavía nos saludamos por nombre, el espacio en el que buscamos una rutina pacífica en medio del caos vial y malas obras, es el lugar que elegimos para quedarnos cuando otros tuvieron que huir.

Lo que pasó exhibió vulnerabilidades y mostró fisuras. Pero también dejó claro algo: la ciudadanía no está dispuesta a normalizar el miedo ni a conformarse con explicaciones superficiales.

Amar a Hidalgo implica exigir que conserve su condición de estado seguro, defender su vocación de refugio y rechazar la idea de estar en alerta constante y que forme parte de la normalidad.

Requerimos y exigimos honestidad, que la realidad no se reduzca a un caso aislado más, ni se diluya en declaraciones cómodas, sino que obligue a replantear la manera en que se asume el ejercicio del poder.

Si algo se evidenció es que la indiferencia institucional tiene consecuencias, que la tranquilidad no se proclama, se respalda con estrategia, preparación y capacidad efectiva de reacción; el orden público no es un logro permanente que se presume, sino una tarea continua que requiere visión y firmeza.

Nuestro estado puede y debe mantenerse como un territorio de orden y confianza, siempre que la responsabilidad pública esté a la altura de la ciudadanía que lo habita.

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