Historia 209
Esta es la historia 209 de 450 que te contaremos sobre León
Daniel estudiaba la secundaria en el Instituto Lux cuando le dijo a su padre, Zacarías Malacara Moncayo, que quería construir un telescopio. Antes ya había armado un radio de galena. “Me gustaba el cielo, volteaba mucho a verlo”, recuerda.
Don Zacarías hizo dos cosas: llevó a su hijo con su amigo Armando López Valdivia, padre de un conocido físico, y le compró un libro antiguo —del siglo XIX— sobre telescopios.
“El más grande que llegué a hacer en esa época fue de 20 centímetros de diámetro”.
El joven Daniel Malacara Hernández, nacido en León en junio de 1937, continuó sus estudios en el Lux, donde siempre ocupó los primeros lugares de la clase. Los sábados acudía a la casa del maestro Armando, quien dedicaba su tiempo libre a fabricar telescopios.
Casi al concluir la preparatoria, su maestro, el físico Carlos Hernández, le dijo: “Estudia física”.
De la UNAM a Rochester
Ingresó a la especialidad de Física y Astronomía en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1961 obtuvo una beca del Instituto Nacional de la Investigación Científica —hoy Conacyt— impulsada por los astrónomos Guillermo Haro, considerado el “padre de la astronomía moderna” en México, y Arcadio Poveda, del Instituto de Astronomía de la UNAM. Ambos vieron en Daniel a un científico prometedor.
Malacara fue enviado primero a Kitt Peak, Arizona, durante seis meses, al Observatorio Nacional, uno de los centros de investigación astronómica más importantes del mundo. Ahí diseñó un accesorio para un telescopio, trabajo con el que obtuvo el título de físico.
Después ingresó a la Universidad de Rochester, en Nueva York.
Ha sido uno de los placeres que he tenido en la vida, cuando recibí la carta que decía: ‘Está usted aceptado, preséntese el día 18 de septiembre para estudiar el doctorado en nuestra universidad’”.
Tenía 23 años.
“Mi impresión allá fue que estaba llegando a un lugar parecido al cielo”.
El doctorado duró cuatro años y medio. “Tomé materias de todo lo que me atraía”. En el último año se casó. Isabel, originaria de León, se fue con él a Estados Unidos.
La beca alcanzaba apenas para un soltero. “No abundaba el dinero… a veces pasamos problemas para comer, pero había mucha felicidad”.

Primer doctor en Óptica de México
Mientras estudiaba en Rochester, Daniel no se preocupaba por el futuro.
“Tenía el trabajo asegurado, ya me estaban esperando”.
Los doctores Haro y Poveda “me escribían preguntando cuándo regresaba”.
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Daniel volvió a México con el grado de Doctor en Física. Sus maestros le preguntaron:
“¿Qué necesitas para empezar a trabajar?”.
Era necesario crear un laboratorio para fabricar rayos láser en México. En Estados Unidos habían comenzado a producirse en 1960 y su costo era muy elevado.
Haro y Poveda le respondieron:
“Encárgate de conseguir estudiantes y nosotros vamos a conseguir el dinero”.
Así instaló el primer laboratorio en el primer piso de la Torre de Ciencias de la UNAM. Ahí atrajo estudiantes a quienes asesoró en sus tesis y preparó para fabricar láseres.

Los primeros láseres
La urgencia en el país era fabricar láseres. Su uso se expandía rápidamente a campos como la salud, la industria automotriz, las telecomunicaciones, el comercio y la investigación científica. México necesitaba desarrollar esta tecnología para avanzar, pero importar los equipos resultaba sumamente costoso: cada láser costaba alrededor de cinco mil dólares.
Daniel Malacara Hernández diseñó y construyó los primeros láseres de gas —Helio-Neón y Argón— fabricados en México, en 1966.
El primero fue adquirido por la compañía encargada de construir el Metro de la Ciudad de México. Se utilizó para la alineación del túnel de la Línea 1, entonces en construcción.
El haz de luz del láser proporcionaba una línea recta perfecta, algo que los métodos topográficos tradicionales —como hilos o miras ópticas— realizaban de manera más lenta y con mayor margen de error.

Premio Nacional de la Academia de Investigación Científica
La aplicación de la tecnología láser en una obra civil de tal magnitud fue uno de los logros que le valió al doctor Malacara el Premio Nacional de Instrumentación Aplicada a la Investigación de la Academia de la Investigación Científica. El reconocimiento le fue entregado por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, en 1968. Tenía apenas 31 años.
El científico recibió también el Premio de Investigación en Ciencias Exactas, en 1975, de manos del presidente Luis Echeverría Álvarez.
Años después, la Academia Mexicana de Óptica instauró el Premio Daniel Malacara Hernández, en homenaje a su trayectoria. Este reconocimiento se otorga anualmente a los investigadores en óptica más destacados del país.
El científico leonés ha recibido más de 22 reconocimientos de diversas instituciones científicas del mundo.
Una de las preseas que más le enorgullece es el premio “A. E. Conrady”, otorgado por la Sociedad Internacional de Ingeniería en Óptica y Fotónica en 1994.
En 2012, la misma sociedad le otorgó la Medalla de Oro.
Este reconocimiento tiene un significado especial porque, años antes, en 1964, la misma presea fue entregada al científico Charles Townes, ganador del Premio Nobel de Física.
“Yo nunca fui candidato al Premio Nobel, pero hasta ahora soy el único latinoamericano que ha recibido este premio”.
Regresa a los telescopios
El laboratorio de rayos láser de la UNAM trabajaba ya con cinco estudiantes graduados en óptica, cuando Arcadio Poveda le dijo a Daniel:
“Necesitamos un telescopio en Cananea. Sería el segundo en el país”.
El primero se encontraba en San Pedro Mártir, Baja California. Era un telescopio de 80 centímetros de diámetro fabricado en Estados Unidos, pues México aún no construía telescopios.
El doctor Malacara Hernández aceptó el reto. Perfeccionó el funcionamiento del Observatorio Astronómico Nacional de la UNAM y posteriormente fue invitado a trabajar en Tonantzintla, Puebla.
En San Pedro Mártir, su labor consistió en el pulido y evaluación de espejos astronómicos de alta precisión.
Récord: diámetro de 2.1 metros
En el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE), Malacara ocupó la dirección durante ocho años, invitado por su maestro Guillermo Haro.
Ahí trabajó en el diseño, pulido y prueba de sistemas ópticos avanzados para telescopios mexicanos.
Fue especialmente relevante su participación en el desarrollo del telescopio de 2.1 metros instalado en Tonantzintla en 1978. Su trabajo convirtió a México en un referente latinoamericano en pruebas ópticas de alta precisión.
Además, fue uno de los impulsores de la formación científica en óptica dentro del INAOE, considerado pionero de esta disciplina en México.
Estas experiencias le permitieron escribir su obra cumbre, Optical Shop Testing (1978), donde recopiló las técnicas que perfeccionó mientras construía la óptica de los observatorios mexicanos. La obra ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos japonés, chino, ruso e inglés.
Daniel recuerda también que España solicitó la fabricación de un espectrógrafo para la observación de galaxias, instrumento que fue desarrollado en el INAOE.

Fundación del CIO en León
Un día, Guillermo Haro le comentó que existía la posibilidad de crear un Centro de Investigaciones en Óptica en la provincia. Sabía del interés de Daniel Malacara por aportar a su ciudad natal. Era 1980.
Le explicó que había dos estados interesados en albergar el proyecto, pero que si Guanajuato mejoraba la oferta, el centro podría instalarse en León.
Daniel comenzó las gestiones desde el primer día. Solicitó una entrevista con el gobernador Luis H. Ducoing, quien había sido su compañero en el Instituto Lux.
También habló con Roberto Plasencia Saldaña, presidente de la Junta de Administración Civil, y consiguió su respaldo.
Ante la dificultad para concretar el encuentro con el gobernador, Plasencia ayudó a Daniel.
“Lo esperamos afuera del Aranda de la Parra, está visitando a un familiar. Así fue, nos subimos a su camión y en unos minutos dijo que sí”.
Daniel recuerda que bajaron felices del autobús oficial, a mitad de la carretera a Silao.
“Cayó un aguacero, pero lo habíamos logrado”.
El Centro de Investigaciones en Óptica (CIO) fue fundado el 18 de abril de 1980 en León. Es pionero de la óptica moderna en México. Sus principales líneas de investigación abarcan láseres, fotónica, instrumentación óptica, metrología, astronomía óptica y visión artificial.
El CIO es uno de los mayores orgullos del científico leonés. Más de cien estudiantes han obtenido ahí el doctorado y trabajan en instituciones de prestigio internacional como la NASA, la Universidad de Rochester o el INAOE.
La Inteligencia Artificial
Con una sonrisa, el doctor Daniel Malacara, a punto de cumplir 89 años, dice que parte de su tiempo lo dedica a “ser chofer de mi mujer”.
Por las mañanas estudia y se mantiene actualizado en los avances científicos. Incluso ha incursionado en la Inteligencia Artificial.
“Es una revolución, una relación entre la ciencia y la tecnología tan grande como la llegada del internet… hasta la medicina va a cambiar”.
Advierte:
Se va a llegar el momento en que ya va a ser tan eficiente en algunos años como la mente humana, quizá hasta superior. Estoy convencido de que en esta vida todos los avances científicos y tecnológicos que se han hecho han sido para bien y también para mal”.
Y ejemplifica:
“Una cosa tan simple como un cuchillo, ¿es para bien o es para mal? Se lo pueden enterrar a alguien, pero también sirve para comer sabroso, ¿verdad? Todo, todo, todo puede servir para bien o para mal”.
“Yo creo que la Inteligencia Artificial no es una excepción. Más vale que tengamos mucho cuidado. Pero creo que puede ser muy útil. Y me impresiona lo que se puede hacer”.
¿De dónde surge la vitalidad a los 89 años?
“Si no creyera en Dios diría que de la genética, pero como creo en Dios, pienso que es ayuda de Él, que a través de la genética me ha dado la fortuna de vivir esta cantidad de años. Voy a cumplir casi 90 años y aún tengo a mi madre. Mi mamá tiene 107 años”.
A sus estudiantes siempre les dijo:
“Dedíquense a la ciencia. La ciencia es muy divertida, es muy útil, pero no necesariamente les va a dar dinero”.
“Puede que lleguen a vivir muy bien económicamente, pero… si quieren dedicarse a algo que les deje dinero, escojan otra cosa: si quieren divertirse y sentir que están haciendo algo útil, dedíquense a la ciencia”.
El científico comparte también su receta para vivir muchos años:
“Dicen que se necesita dormir muy bien —ocho horas—, tener una vida tranquila, alimentarse bien, tomar poco alcohol y, principalmente, seguir ejercitando la mente”.
DAR
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