Historia 210
Esta es la historia 210 de 450 que te contaremos sobre León
La historia del fundador de Novoa Impresores, Jaime Novoa Aranda, parece una novela, afirman sus hijos Alejandro y Mario.
Y no hay duda. Su destino se marcó al nacer.
Su padre, Alejandro Novoa, originario de Canatlán, Durango, había llegado a León como farmacéutico y boticario. Viajaba por el país promoviendo productos que él mismo preparaba. Aquí conoció a la madre de Jaime.
Se enamoraron y “el resultado es mi papá”.
Jaime nació en León en 1925. Pero en aquellos años, las relaciones fuera del matrimonio eran condenadas socialmente.
La joven fue enviada a la Ciudad de México y el pequeño Jaime terminó en Celaya al cuidado de unas tías. “Lo registraron con el apellido Novoa”.

Más tarde, el padre de Jaime intentó encontrar a su amor juvenil, pero no lo logró.
Jaime Novoa Aranda creció en Celaya. A los doce años ya trabajaba en la imprenta Lourdes, entre tipos móviles, tinta y prensas de hierro.
“Mi papá era muy travieso y ya no sabían qué hacer con él”, dice Alejandro al explicar el regreso de Jaime a León.
El joven había aprendido a ser “cajista” en la imprenta: armaba con tipos de plomo palabra por palabra, letra por letra, para imprimir.
“Era a la Gutenberg”, dice Alejandro mientras hace con las manos el movimiento de ensamblar las piezas metálicas.
El niño de El Escritorio
Al volver a León, Jaime aún era un adolescente. Tenía ojos verdes, era atento y amable. Muy humilde, cuenta su hijo.
Entró a trabajar como aprendiz en “El Escritorio”, la papelería de Francisco Farriols.
Nunca habló con resentimiento sobre su infancia ni sobre la ausencia de sus padres, recuerda Alejandro.
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La vida le tenía preparada una sorpresa. Jaime Novoa conoció a María del Socorro García Márquez, “Socorrito”, hija de don J. Merced García, un hombre acaudalado que murió joven y la heredó.

Socorrito era inteligente y llena de energía.
Mi madre era hermosísima”.
Jaime la enamoró.
Se casaron cuando ambos tenían veinte años y tuvieron cinco hijos: Jaime, Patricia, Gloria, Mario y Alejandro. Y así empezó la historia de Novoa Impresores.
Una imprenta en la sala
Los recién casados vivían frente al mercado de Santiago, en una casa cerca del viejo puente del Coecillo. Ahí, en la sala, en 1945, instalaron la primera máquina de impresión Chandler, con los recursos de Socorrito y el apoyo del padre Jesús Lira —quien fungía como tutor—.
“Mi hermano mayor se dormía con el golpeteo de las máquinas”, dice Mario, quien recuerda que le platicaba su madre.
Empezaron a imprimir esquelas, invitaciones, órdenes de pedido y trabajos comerciales sencillos.
Jaime hacía todo: vendía, imprimía, entregaba y cobraba.
Primero caminaba entregando los pedidos. Después compró una bicicleta.

“Fue un gran triunfo para él”, cuentan sus hijos.
Iba por los rollos de papel, los llevaba a cortar a El Escritorio y regresaba pedaleando hasta su casa para imprimir.
El agua y el jabón
Si Jaime era el motor técnico, Socorrito era la energía organizativa.
Ella lo impulsaba constantemente. Lo animaba a comprar maquinaria, crecer y asumir riesgos.
La imprenta comenzó a prosperar. Dejaron la casa inicial y se mudaron a la calle Manuel Acuña.
En 1960, la familia se trasladó al bulevar Venustiano Carranza. Ese mismo año nació el hijo menor y Jaime construyó ya una imprenta formal: Linotipográfica Novoa.

En 1961 trajeron la primera máquina offset Solna, de una tinta y formato pequeño.
Mientras que, en 1965 se integró Jaime, el hijo mayor del fundador. En los años setenta se sumó Gloria, la tercera hija del matrimonio.
Trae el offset
Jaime Novoa Aranda siempre buscaba estar al día en la impresión.
Viajaba constantemente a la Ciudad de México para visitar talleres y conocer nuevas tecnologías.
Entraba, preguntaba, observaba y aprendía.
Fue entonces cuando tomó la decisión que cambió la industria gráfica de León: introducir el sistema offset.
Un sistema moderno basado en rodillos, placas fotomecánicas y procesos químicos que permitían mayor velocidad, precisión y calidad.
Hasta entonces, la impresión seguía haciéndose principalmente mediante tipografía tradicional: golpes, planchas y tipos móviles.
En 1961, introdujo el primer offset en León. La máquina era una Solna alemana.
Tuvo que traer operadores y técnicos de la Ciudad de México para enseñar el nuevo sistema.
Muchos impresores aprendieron gracias a él”, cuentan sus hijos.
Sangre en la tinta
Mientras el negocio crecía, Jaime también formaba a sus hijos. No había vacaciones de verano.
Mario y Alejandro terminaban trabajando en la imprenta.
“Todos nuestros amigos estaban jugando futbol y nosotros encuadernando”, recuerda Alejandro.

“Nos fue envolviendo hasta tener tinta en la sangre”.
Los hijos crecieron viendo a su padre vivir siempre invirtiendo.
“Siempre estaba comprando máquinas nuevas”, dice Mario. “Terminaba de pagar una y ya iba por otra”.
Las cajas de zapatos
Durante años, la imprenta prosperó gracias al crecimiento de la industria zapatera de León.
Linotipográfica Novoa imprimía los forros de cajas de calzado.
Entonces las cajas no llegaban armadas. Primero se fabricaba el cartón y después ejércitos de mujeres pegaban manualmente los forros impresos.
Entre sus clientes estaban importantes cartoneros y proveedores de la industria zapatera.
Pero apareció un competidor.
Una empresa de la Ciudad de México comenzó a introducir cajas corrugadas e impresas.
Nace Envases Microondas
Jaime viajó a Europa con Socorrito para estudiar la nueva tecnología que permitía la impresión y el acabado sobre cartón microcorrugado.
Entendieron que era el futuro, aunque la inversión resultaba gigantesca. Entonces Jaime reunió a varios industriales leoneses para crear una nueva empresa.
Convocó a siete empresarios, entre ellos Rogelio Villalobos, Fito Padilla, Rogelio Nava y otros vinculados al calzado. Así nació Envases Microondas.
La nueva planta se instaló a un costado de la imprenta. Jaime dirigía ambas operaciones.
Envases Microondas introdujo a León a la era moderna del empaque de calzado.
La empresa ganó el mercado leonés y de otras ciudades. Valía cada vez más.
Cuando comenzaron a crecer, las nuevas generaciones y los intereses familiares podían complicarse, le advirtió Socorrito.
“Mi mamá le dijo que era momento de vender las acciones, que estaban en un gran momento, e impulsar a sus hijos”. Así lo hicieron.
Empezar otra vez y avanzar
En 1978, junto con sus hijos, Novoa se constituyó formalmente como Novoa Editorial e inició la construcción de la planta actual. Se instalaron en Pedro Moreno, casi esquina con La Paz. Ese año ya estaba su hijo Mario en la empresa.
El joven se enfocó en producción y administración. Alejandro concluyó la carrera de arquitecto y entró a Novoa Editorial para abrir mercado en Guadalajara y luego en Puerto Vallarta.
La empresa comenzó a imprimir catálogos, revistas, papelería corporativa y materiales especializados para la industria del calzado.
Uno de sus grandes logros fue obtener el contrato con CKlass. Desde hace 27 años imprime sus catálogos.
En 1993 abrió oficinas en Puerto Vallarta y Guadalajara y adoptó el nombre actual: Coloristas y Asociados.
En 1994 adquirió la primera máquina de cuatro colores: una Adast Dominant. Esto marcó un antes y un después en la capacidad de la imprenta.
En los años siguientes se sumaron una segunda máquina similar, tres Heidelberg y una Akiyama.
Novoa Impresores es considerado uno de los mejores talleres gráficos del centro del país.
Tuvimos tirajes de medio millón de catálogos”, recuerda Mario.
Llegó la pandemia y coincidió con la compra de una máquina de ocho colores. Gracias a sus clientes, continuaron.
La Quinta Elvira
La famosa Quinta Elvira se convirtió en las actuales instalaciones de Novoa Impresores.
Mientras trabajaban en Pedro Moreno, se construía el edificio actual, que fue inaugurado en 1980.

Jaime había comprado parte de los terrenos de la antigua Quinta Elvira, propiedad de la familia Orellana.
La vieja Quinta Elvira había sido una mansión ligada al general Manuel Orellana Nogueras, participante en la Batalla de Puebla.
La nueva planta permitió crecer nuevamente: más máquinas, más clientes y más tecnología.
“Impresor del Año”
A principios del nuevo milenio, Jaime Novoa Aranda fue nombrado “Impresor del Año” por la Cámara Nacional de la Industria Gráfica.
Cumplía 65 años en las artes gráficas.
Junto con sus hijos Alejandro y Mario llevaba el timón de la empresa, pero don Jaime continuó al frente hasta el último de sus días.
¿Reencuentro con su padre?
Cuando la familia y el negocio marchaban perfectamente, ocurrió uno de los episodios más conmovedores de su vida.
Durante un viaje en tren a la Ciudad de México, Socorrito escuchó accidentalmente una conversación que mencionaba a un Alejandro Novoa que vivía en Parral, Chihuahua. Comenzó a investigar. Entonces descubrieron que el padre de Jaime seguía vivo.
Socorrito convenció a Jaime de buscarlo.
“¿No tienes curiosidad de saber de dónde vienes?”, le preguntó.
Viajaron a Parral, luego hasta Chihuahua y finalmente ocurrió el encuentro.
“En cuanto lo vio, mi abuelo dijo: ‘Hijo’”.
Resultó que Alejandro Novoa nunca había olvidado a Jaime.
Incluso, durante años, había viajado discretamente a León para observar de lejos cómo vivía su hijo y conocer a sus nietos.
“Llegaba muy elegante y dejaba pagadas tarjetas de presentación que nunca recogía”, cuentan.
Fue una reconciliación sin palabras.
El final de una vida larga
Jaime Novoa Aranda murió en febrero de 2024. Tenía 98 años. Socorrito había fallecido dos años antes.
Hasta el final conservó lucidez, memoria y sentido del humor. Los hijos hablan de ambos como una sola fuerza.
Coloristas y Asociados y Novoa Editorial continúan creciendo. La empresa imprime con tecnología de punta, tramados estocásticos y controles de color de alta definición.

Pueden producir hasta 230 mil tiros diarios.
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