¿Y si tu hijo nace con parálisis cerebral, ceguera, un peso que en la báscula apenas alcanza un kilogramo y escuchando la voz constante de los doctores que dicen que ni una hora de vida le alcanzará a tu recién nacido?
Para Vero la respuesta fue resucitar a su pequeña Amanda, cambiar la ingeniería agroindustrial con tal de aprender especialidades en braille y desde cero construir una escuela que ayuda a infantes que no pueden ver al igual que su hija.

CIEGOS FUNDACIÓN HIDALGUENSE
Sentada al filo de su pequeña silla gris, con el semblante serio, la voz firme y los grandes ojos negros que la caracterizan, Verónica Ortega Ramírez retira sus anteojos como si esa acción la hiciera recordar que hace 14 años creó Ciegos Fundación Hidalguense (Cinfuhi).
Constituir una escuela para atender a infantes ciegos y débiles visuales desde los 0 y hasta los 22 años no es sencillo, dice Vero, pero es necesario cuando no hay instituciones especializadas, cuando la esperanza de vida crece al par que un hijo.

“Ni un padre está preparado para recibir a un niño con discapacidad, en mi caso no fue algo que me hundió porque yo tenía cinco años tratando de ser mamá y no lo lograba, cuando nace mi hija la primera pregunta fue: ¿está bien?, y mi hija no lloraba”.
AMANDA, LA SEMILLA DE CINFUHI
Cinfuhi se llama la asociación, la razón de un proyecto así es Amanda, una joven de 21 años con ceguera.
“Fue una niña resucitada, Amanda se puede decir que nació muerta, entonces la resucitaron”, cuenta Vero tras recordar que fue después de cinco días de nacida cuando conoció a su hija que, entubada a la incubadora, apenas medía 30 centímetros y pesaba un kilo.
Pero fue hasta el año con tres meses cuando los médicos le diagnosticaron a su hija una parálisis cerebral moderada, además de ceguera.
Aunque la esperanza de vida para Amanda superó los 60 minutos que al nacer los doctores señalaron, a los 13 años regresó al hospital por una cirugía en el cráneo, lo que ocasionó además de epilepsia, pérdida de memoria a corto plazo.
Verónica, su madre, dice que “la epilepsia le ha truncado (a Amanda) muchas cosas porque no se puede trasladar por si sola”, de lo contrario, podría caerse; además sólo pudo concluir sus estudios hasta la secundaria, ya que su pérdida de memoria no le permite retener más conocimientos.
La también directora del Cinfuhi recuerda, con una gran sonrisa en su rostro que a su vez deja ver unas diminutas arrugas a un costado de sus ojos, que su formación es en ingeniería agroindustrial, con una especialidad en control de calidad y productividad que logró ejercer sólo por tres años.
Fue con el diagnóstico de su hija cuando cambió su profesión e inició una capacitación con cursos y talleres en el “Instituto Nacional para la Rehabilitación de Niños Ciegos y Débiles Visuales”, cuenta.
Pronto, la sonrisa y narración de Verónica se rompe cuando su hija Amanda llega con estrés, derivado de no poder tocar los tambores en la clase de música.
El procedimiento para calmar a su niña no parece ser complicado, incluso, ambas saben lo que en esos casos se tiene que hacer: recostarse boca arriba en el enorme sillón verde aterciopelado.
Tratar de contener el llanto, moderar la respiración, cubrirse las piernas con una suave manta azul y esperar a que el episodio pase.
¿Má, quién está contigo?, pregunta Amanda con su fina voz porque, aunque no puede ver, sus sentidos le indican que alguien está en la habitación con ella.
¿Cómo te llamas?, cuestiona la jóven de moño rosado que adorna su cabello corto y liso, de color negro que resalta con su piel de tez clara y sus gruesos labios.
¿Cómo eres?, insiste por tercera ocasión antes de degustar los duraznos que en rebanadas le cortó su mamá para almorzar, y después, continuar sus clases en la fundación.
ISAC, EJEMPLO DE VIDA
Isac Yair Sánchez Pliego tiene 15 años. Comenzó a ir a la fundación desde los ocho meses de edad y actualmente cursa la preparatoria. Siempre ha complementado sus estudios en la Cinfuhi, por lo que sus maestros lo consideran como uno de los alumnos pioneros.
Cada sitio de la asociación lo conoce este joven delgado de tez morena y con un semblante amable. Ahí creció, de memoria se sabe las tres secciones de escaleras y barandales que lo conducen a su aula en el segundo piso.
A través del tacto, puede saber que el sitio más emblemático de la escuela es el gran mural verde con un pavorreal pintado en la pared de la entrada principal.
Conoce la escuela de memoria, al igual que los maestros y materiales didácticos que usan los niños para aprender a leer y escribir.
Sabe que fue la caja numérica de madera que ahora utilizan sus compañeros, la que le enseñó a realizar operaciones aritméticas.
Sentado frente a la roja batería metálica ubicada en la sala de usos múltiples, Isac dice que no sólo le gusta la música y practicar natación, sino que su perseverancia en los estudios lo han destacado con calificaciones superiores al nueve.
Para el bachillerato, cuenta con “un maestro sombra” que le acompaña en clases con cierto grado de dificultad como algebra.
Isac sueña con ser militar, pero reconoce que hay complicaciones debido a que no puede ver, aunque también tiene interés por estudiar leyes o música al concluir sus estudios de nivel medio superior.
“A mis compañeros les digo que lo intenten y que nunca pierdan las esperanzas porque no es fácil llegar, pero con mucho esfuerzo y coraje pueden lograr muchas cosas”.
LAS COMPLICACIONES DE CREAR UNA ASOCIACIÓN
Fue el 20 de enero de hace 14 años cuando Ciegos Fundación Hidalguense se creó por un grupo de padres de familia liderados por Verónica Ortega, quien actualmente funge como directora.
Fue un anuncio en el periódico lo que atrajo a los padres de familia, pero el proyecto no logró ser concretado en su totalidad.
“Ellos se desesperaron, pensaron que iba a haber donaciones a manos llenas, que iba a haber dinero, yo daba las terapias en mi casa con los materiales de mi hija”.
Actualmente, la organización atiende a 36 niños que provienen de 14 municipios de Hidalgo, tales como Ixmiquilpan, Atotonilco, Acaxochitlán, Tulancingo, Epazoyucan, Apan, Pachuca y Mineral de la Reforma.
Al ser una organización civil, Cinfuhi opera a través de la recuperación de cuotas de los padres de familia y de donaciones monetarias o en especie.
Si buscas ser voluntario o realizar un donativo, puedes acudir a las instalaciones ubicadas en Pachuca, en la calle Julián Villagrán, número 412, colonia Centro.