Historia 164

Esta es la historia 164 de 450 que te contaremos sobre León

Primero a paso lento, luego a gran velocidad, hicieron realidad Reyma, una de las compañías más grandes de Guanajuato. 

Un incendio, el fracaso de un negocio de gelatinas y una malograda sociedad para fabricar bolsas de plástico no apagaron el deseo de Benjamín Reyes y su esposa Olga Magaña de crear su propia empresa. 

Su liderazgo en México en la fabricación de productos plásticos desechables trascendió a Estados Unidos y países de Latinoamérica.

El DENUE —Directorio Estadístico Nacional de Unidades Económicas— del INEGI describe características de Reyma: se estima que tiene 10 mil colaboradores en sus siete plantas de México y una en Arizona. Además, cuenta con empresas en otras ramas industriales.  

La fabricación de bolsas de plástico es el producto que fue y ha sido lo fuerte de nuestra empresa. La fabricación de la bolsa fue el sueño que nos llevó a escalar todo tipo de obstáculos”, afirma con emoción Olga Magaña, esposa de Benjamín. 

Con una diferencia de diez años —Olga de 18 y Benjamín de 28—, se casaron en su pueblo natal, San Juan Cerano, en Yuriria. 

Benjamín y Olga se casaron en Yuriria. Foto: Cortesía de Olga Magaña

Benjamín atendía una tienda de abarrotes en la comunidad. Estudió hasta cuarto de primaria pese a los esfuerzos de su padre. Siendo menor de edad, se fue a Tijuana, donde vendió helados y paletas en las calles en un carrito rentado; cruzó a Estados Unidos, pero fue deportado.

En Ciudad de México trabajó poco tiempo en Marinela. “Se comía los gansitos”, escribe Olga en la biografía que dedicó a su esposo, con quien estuvo casada 51 años y 51 días. La tituló: “Tu vida a través de mis ojos”.

Olga escribió una biografía que dedicó a su esposo. Foto: AM

De regreso a Cerano, su padre le encargó la tienda. Benjamín demostró su carisma como vendedor. Había más clientes, pero él aspiraba a más.

Cortejó a Olga desde que ella tenía catorce años. Era amiga de sus hermanas.

Antes de casarse, dejó la tienda a cargo de ellas y se fue a Salvatierra para distribuir cerveza Superior y refrescos, igual que su hermano en Acámbaro.

Ya casados, la pareja rentó una casa con bodega en Salvatierra. 

Una tarde, todo se quemó.

Habían pasado unos dos años y estaba por nacer su primera hija, Liliana. 

Sin dinero, empezaron a vender boles de gelatina. Olga los preparaba y Benjamín salía a vender.

Con apoyo de su suegro compraron equipo y se instalaron en Guadalajara, pero “la renta era muy cara, la luz, el personal… no sobrevivimos más allá de unos cuatro meses”.  Benjamín recorría tiendas, pero había una marca muy popular, presente en todas partes.

Un intento más 

Tras el fracaso, volvieron a Salvatierra, donde tenían una pequeña casa. 

“Seguimos haciendo gelatinas”.

Entonces un compadre de Benjamín, Nicandro Ortiz, mayorista de abarrotes en Morelia, comenzó a surtirle mercancía para venderla a las comunidades. “Llenaba una camioneta de tres y media toneladas y vendía sin dificultad”.

Olga continuaba preparando gelatinas.

“Me sentía empresaria, Benjamín vendía y yo me mantenía ocupada cuando estaba ausente”.

Un día, Nicandro le mostró a Benjamín una máquina japonesa para fabricar bolsas de plástico y lo invitó a trabajar.

Después acordaron comprar otra máquina en sociedad.

“Era bueno para buscar oportunidades… pensó en León como centro de México”. Nicandro aportó el anticipo; el resto se pagaría en dos años con utilidades.

Benjamín llegó a León a buscar local, mientras Olga permanecía en Salvatierra. Poco después lo alcanzó con la pequeña Liliana.

En 1970 iniciaron la producción de bolsas de plástico.

La familia vivía en un cuarto con cocina. Al lado estaban el taller y la oficina. La máquina trabajaba día y noche.  

En “Tu vida a través de mis ojos”, Olga recuerda:

“Acondicionó dos cuartitos y ahí vivimos tres años, los primeros días como no teníamos luz, nos sentábamos afuera de la casa con nuestra hija Lili y mientras se llegaba la hora de dormir, en la tienda de enfrente comprábamos un litro de leche y tres panes…”.

Producción, ventas y tropiezo

Dos jóvenes de Cerano operaban la máquina mientras Benjamín salía a vender bolsas de tres diferentes medidas: medio, uno y dos kilos.

Al principio era difícil porque costaban más que las de papel.

El Sello de Oro, en la Miguel Alemán, fue uno de los primeros clientes.

El dinero alcanzaba para comer, renta,  pagar a trabajadores y cubrir la máquina.

En ese mismo espacio —cuarto-cocina-taller— nacieron tres hijos más: Adriana, Evelia y Benjamín. Años después vendrían Vicente, Eduardo y Rodrigo. Siete en total. Ya vivían en una casa propia, amplia. 

Llega golpe inesperado

En 1974, Nicandro Ortiz llegó al taller. Tras levantar falsos a Benjamín, disolvió la sociedad y se llevó todo. La empresa cerró. 

Benjamín no se dobló. Consiguió dos máquinas “hechizas” en Guadalajara y regresó a Salvatierra para empezar de nuevo.

Olga permaneció en León con cuatro hijos. 

La suerte volvió a presentarse: un amigo le avisó que había una bodega en renta en León. Volvieron a empezar.

Comenzaron de cero, en una bodega ubicada en el bulevar Venustiano Carranza.

Olga atendía la oficina y a los hijos. Benjamín vendía.

Olga Mañana. Foto: José Antonio Castro

Al principio tenían un obrero por turno. Trabajaban las 24 horas: detener la máquina era costoso.

Ahí permanecieron unos ocho años, hasta que compraron un terreno en la calle Membrillar, donde construyeron poco a poco para instalar la primera fábrica —hoy convertida en bodega—.

En Membrillar ya operaban con el proceso completo. La marca era Polietilenos del Centro

“Mi esposo vendía con facilidad, era serio, pero elocuente”, dice Olga. 

Crecen sin freno

En 1982 ya tenían cuatro plantas: Membrillal, Francisco Villa, Río Conchos y Venustiano Carranza.

También adquirieron un terreno en San Francisco del Rincón para bodegas y fabricación de fibra para escobas. Después siguieron los vasos, popotes y bolsas.

La producción de escobas se abandonó pronto: el espacio era necesario para el negocio que crecía sin pausa.

Compraron más máquinas, ampliaron mercados.

Las hijas —Liliana, Adriana y Evelia— se integraron a la administración. Los hijos —Benjamín, Vicente, Eduardo y Rodrigo— a la operación.

Por las noches, cuando la familia regresaba a casa, había reuniones de trabajo.

Va a Alemania… después de un infarto

En 1989, Benjamín tenía 49 años cuando una noche sufrió un infarto. El médico le ordenó reposo, pero no obedeció.

“Había depositado todo su capital” en la compra de maquinaria alemana a una empresa en quiebra.

“Nuestra situación ya era un poco desahogada y estable, pero el negocio era pequeño aún y no contábamos con personas capacitadas. Realmente, solo éramos él y yo”, escribe Olga.

El empresario viajó. 

A su regreso fue atendido en Houston. El médico quiso operarlo de inmediato y una vez más, Benjamín pospuso la cirugía por cuestiones de trabajo.

Días después le realizaron cuatro bypass coronarios.

Aún en recuperación, volvió al trabajo.

Benjamín Reyes García murió en diciembre de 2019, a los 79 años. Foto: Cortesía de Olga Magaña

“Yo, preocupada en todo momento y al mismo tiempo convencida de que contra sus ideas no había argumento que valiera”.

Le habían dicho que las derivaciones durarían ocho o nueve años y debían sustituirse. “Pasaron más de veinticinco años”.

Reencuentro Benjamín-Nicandro

Años después, Benjamín supo que su ex socio estaba enfermo y en quiebra. Fue a verlo. Nicandro le pidió ayuda.

Sin reproches, Benjamín levantó sus empresas. Tiempo después volvieron a asociarse hasta que diez años más tarde, Nicandro vendió su parte al amigo.

El Corporativo Reyma

Cuando las plantas trabajaban a su máxima capacidad, Benjamín decidió concentrarlas.

Compró 40 hectáreas rumbo a Cuerámaro.

Nació el Corporativo Reyma: Reyes-Magaña. Los apellidos de él y su esposa. 

La producción no podía detenerse. Había miles de trabajadores y una cadena completa: bolsas, vasos, contenedores, popotes y empaques.

Lo logró.

Se construyó una subestación eléctrica propia. Dividieron áreas por procesos. Se ampliaron bodegas.

Reyma se volvió autosuficiente en insumos.

En 2006 abrieron una planta en Ciudad de México; en 2008, en Monterrey. Después vendrían Nogales, Mérida y Ciudad Sahagún.

El grupo se diversificó: Magnacero, concreto, celofán, carbonato de calcio, reciclaje, cines, fraccionamientos y restaurantes.

La última lección 

En una reunión familiar, ya enfermo, Benjamín preguntó quién debía sucederlo. 

Todos estuvimos de acuerdo en que fuera Vicente”, escribe Olga.

“Aceptó el reto con cierto temor, pero también con el entusiasmo de sus juveniles años y con el claro afán de apoyar a su padre en la labor titánica que era ya el creciente desarrollo de sus empresas”.

Benjamín Reyes García murió en diciembre de 2019, a los 79 años. 

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