La ciudad es una joya histórica en diferentes aspectos culturales, y un simple paseo por sus calles basta para deleitarse con su brillo.
Los barrios de mayor tradición en León albergan lugares cuya historia no necesita de actores, ni decorados, ni agregados, porque no hacen falta. Algunos sitios representan un retrato hablado de la historia de la población leonesa que se mimetiza con su geografía y parecen hablar por sí solos.
Tal es el caso de los “Baños Lucita”, ubicados entre la calle Apolo y Calzada de Guadalupe, cuya infraestructura fue erguida durante la época de la Revolución y sorprendentemente aún siguen funcionando.
Francisco Javier López Perez, actual propietario del lugar, aseguró que “Baños Lucita” fueron los primeros en todo León y debido a la amplitud de sus instalaciones, aún cuenta con cerca de 40 clientes que siguen bañándose en ese lugar desde hace dos décadas.
“Mi abuelo Rafael López Gomar fue quien fundó los baños hace 110 años, él era ejidatario de Arandas, Jalisco; pero llegó a León y fundó tres pozos, es por eso que este baño tiene su propio pozo de alimentación, el terreno lo aguanta porque tiene cerca de tres mil metros cuadrados”, comentó.
Desde hace más de un siglo los “Baños Lucita” representan un punto de relajación para locales y foráneos. López narró que hace unos años todavía el lugar siempre estaba lleno de sanjuaneros, migrantes y locales.
El lugar tiene capacidad para 72 personas y su funcionamiento es de un proceso único; para sacar el agua del pozo se necesitan dos bombas; la primera levanta el agua a 40 metros desde el fondo y la segunda la impulsa los restantes 30 metros necesarios para llegar hasta la superficie.
Después se calentaba usando calderas de vapor checoslovacas de finales del siglo XX que aún pueden funcionar. Las calderas trabajan a base de madera, y se asemejan a los motores de los trenes de vapor. Hoy en día ya no se pueden encontrar las piezas necesarias para refacciones en caso de averías.
José Alfredo Jiménez, empleado, cuenta que el lugar ofrece servicio de regaderas, baños y vapor.
“El vapor es tan cómodo que hemos tenido hasta 30 personas acostadas, el área se conoce como la zona de huevo, porque nuestros clientes se llevan sus huevos crudos y terminan cocidos”, dijo.
Indicó que después de una sesión de vapor tiene que recoger cáscaras de huevos por todo el lugar.
Actualmente el negocio funciona a menos de la mitad de su capacidad, pero aún así está valuado en siete millones de pesos; y no por lo lucrativo, sino por el valor histórico que tienen las paredes y reliquias del lugar.
Suman los Aranda 4 generaciones de historia y buen sazón en la Obregón
En la colonia Obregón, sobre la calle Apolo esquina con Gardenia, se encuentra el Cafecito de las Cuatro Generaciones, donde desde 1937 los muros de este negocio han presenciado el deleite culinario que María Socorro ofrece a sus comensales.
“Mi abuela tiene 97 años y aún nos ayuda a picar chiles y a hacer la salsa”, dijo María de Jesús Aranda, tercera de la generación.
Cuenta que los muros del local fueron levantados por su abuelo y que están hechos de lodo, paja y estiércol de vaca, además de que tiene un estilo muy característico en la forma de construcción.
“La construcción es del tipo del pueblo de Ojuelos; es una técnica que procede de las zonas rurales de Jalisco, y simplemente se trata de cruzar las vigas del techo sobre la base de adobe”, explicó.
Las cocineras ofrecen comida corrida y antojitos mexicanos, pero también preparan tortas y tacos de guisados a precios realmente económicos.
Hereda en San Miguel un negocio ‘de pelos’
En San Miguel, el segundo barrio más antiguo de la ciudad, Bernardo Loera tiene 42 años atendiendo una pequeña peluquería que heredó de su abuelo don Teodoro.
Este lugar funciona desde 1941 y con Bernardo son ya tres las generaciones que se han hecho cargo de sacar adelante el negocio.
Pese a que Bernardo tiene seis hijos, la peluquería le da dinero para sacar adelante a todos; cobra 30 pesos por corte, pero el sueldo que percibe oscila entre los 200 y 300 pesos diariamente.
El lugar se caracteriza por una extraña decoración que los mismos clientes crearon, pues cada uno le brindó un extraño utensilio para contribuir con la excentricidad de adornos.
Figuras de acción, ropa interior, pañales, utensilios de cocina, carritos y un tenebroso muñeco Chucky son parte del decorado.
Hacen pan con sabor a ‘gloria’
El Barrio Arriba es una de las colonias más viejas de León; allí se encuentra un expendio de pan cuya producción presenta formas, olores y colores al puro estilo de la tradicional panadería mexicana.
Hace 65 años Tomás Muñoz fundó la panadería, que se encuentra en el corazón del Barrio Arriba a un costado del mercado Allende.
Actualmente sus hijos, José y Maricruz Muñoz, se encargan de administrar el pequeño negocio. Don José aún recuerda cuando tenía que buscar diferentes formas de vender sus productos.
“Hace unos años todavía nos salíamos gritando ¡El paaan, el paaan!, ya luego los clientes llegan solitos, ahorita pasamos por altibajos pero pues el negocio ahí va”, reconoció el panadero.
Las orejas, magdalenas, conchas, caracoles, bolillos y polvorones son los clásicos de venta, y don José relató que el proceso de producción es relativamente sencillo.
“Primero se forma la masa en la tabla principal, después se pasa a los contenedores donde se deja reposar, una vez que ya agarró color, se le empieza a dar forma con unos moldes y ya después se meten al horno, lo dejamos un ratito y listo”, detalló.
La panadería aún cuenta con el tradicional horno de piedra y leña; los dueños dicen que a pesar de estar apagado, éste puede permanecer caliente durante tres días.