Hemos llegado al final de ese periodo que el ingenio popular mexicano ha denominado el puente Guadalupe – Reyes. Atrás han quedado las festividades navideñas con sus expresiones tradicionales de paz, amor y buena voluntad y los deseos de prosperidad y salud para el Año Nuevo, así como la alegría infantil por la venida de los Reyes Magos. Volvemos pues a las labores cotidianas y a transitar por los lugares que nos son comunes y encontrar las preocupaciones y satisfacciones que forman parte de nuestra vida en lo individual, en lo familiar y en lo social.

Así, en el ámbito de lo social volvemos a enfrentarnos con situaciones que sin temor a equivocarme puedo afirmar que muchas, muchísimas personas preferirían que no se dieran o cuando menos que no sucedieran con la intensidad tan molesta con que comenzaron a suceder y seguramente continuarán. Una de estas situaciones es la que los ciudadanos vivimos antes y que también en este año que se inicia tendremos que soportar. Me refiero al hecho de que este año es de los denominados electorales por la presencia de elecciones amplias para diversos cargos políticos, sobre todo la Presidencia de la República. Preciso que lo que molesta no es por supuesto la realización de las elecciones, sino lo que los partidos políticos y quienes quieren alcanzar algún puesto público por la vía de la elección hacen para tratar de mover la voluntad de los ciudadanos a su favor.

Ciertamente en todos los países democráticos cuando se celebran las elecciones los partidos políticos y los candidatos realizan las campañas de convencimiento para atraer votos que los lleven al puesto público que desean. Esto es natural y, en cierta medida diríamos, necesario. Pero en México ese proceso ha llegado a convertirse en un verdadero suplicio para todos aquellos que no tienen ningún interés personal salvo el de buscar el mejor candidato para otorgarle su voto. Digo esto porque en nuestro país existen aspectos de simulación y de exceso que convierten a las denominadas pre campañas y campañas en algo verdaderamente chocante y falto de originalidad, en donde predomina la simulación, el denuesto, la falsedad y el despilfarro de recursos económicos. Así, ya desde hace varias semanas los candidatos de tres o cuatro partidos políticos dicen que son precandidatos cuando en realidad ya su situación está definida en cuanto a que son los que serán postulados por el partido o partidos políticos. Es decir que, si bien falta algún aspecto en el procedimiento para llegar a la decisión final en su favor, la realidad es que este también ya está decidido y sólo falta pues darle un aspecto de formalidad. Aquí las campañas comienzan y se disfrazan como antes dije de precampañas. Pero la situación más molesta es que la propaganda cada vez se intensifica y en ella no se observan elementos que verdaderamente sean informadores de lo que podría ser un verdadero proyecto de gobierno para el caso de que el candidato llegue al puesto que desea. Ya comienzan, se van al intensificar seguramente, las imputaciones de deshonestidad y corrupción que los contrincantes se lanzan mutuamente con base o sin ella. En los periódicos, en la televisión y en la radio los mensajes de propaganda política no pueden evitarse en realidad, pues, aunque muchos quisiéramos no escucharlos o verlos con la frecuencia con que se nos presentan, es prácticamente imposible, pues todas las emisoras y periódicos están llenos de ellos. Ojalá que ahora en las próximas campañas la situación cambiara y hubiera verdaderos debates entre los candidatos para presentar proyectos serios y fundados y no solamente para criticar e injuriar a sus contrincantes. No recuerdo aquí en México que en algún momento se hayan realizado verdaderos y auténticos debates, los temas que se supone deberían ser abordados por los participantes sólo se esbozan, no se desarrollan y sólo han servido para las imputaciones de todo tipo e incluso sólo dan pie a las injurias. Ya es tiempo que las cosas cambien, aunque no parece que ello pueda suceder en el próximo periodo electoral, pues incluso quienes debieran ser verdaderos árbitros de la contienda no aportan lo necesario, como es el caso del Instituto Electoral Federal y de los estados en nuestro país. Los miles de millones que se dan a los

partidos políticos es un dinero malgastado que no sirve para que se cumpla en las campañas políticas con el verdadero propósito de las mismas en un Estado democrático. Esto es, que verdaderamente informen a los electores de los planes y proyectos de gobierno de quienes quieren ascender a la función pública. Hay que ver a las campañas no solamente del punto de vista de los partidos políticos, sino fundamentalmente como medio y propósito de información para la ciudadanía para que pueda ejercitar adecuadamente su principal derecho democrático, elegir a sus gobernantes con pleno conocimiento y sin engaños.

 

[email protected]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *